Descomplicado
La reciente reaparición pública de López Obrador reafirma que sigue siendo un personaje al que debemos leer al revés: hace y está dispuesto a hacer exactamente todo lo contrario de lo que afirma. Con el pretexto de presentar y poner en circulación su último libro, en el que reescribe a conveniencia la historia antigua de México, lanza un mensaje de advertencia sobre su posible regreso a los reflectores para dejar muy en claro que él sigue mandando en el gobierno, subrayar su esencia autoritaria y refrendar su complejo de superioridad para ostentarse como el moderno salvador de la patria.
Era natural que su opinión generara reacciones encontradas en un escenario nacional de alta polarización política, con aguas muy revueltas en las últimas semanas, exacerbadas por los crímenes políticos que han sacudido al país, las protestas sociales que semiparalizaron decenas de carreteras en la mayoría de los estados y la primera movilización masiva en contra del gobierno de Morena el pasado 15 de noviembre; acontecimientos que han dejado constancia de que el país se le está yendo de las manos a la presidenta Sheinbaum.
Además, esta reaparición mesiánica a través de un largo video, revela la profundización de importantes contradicciones internas en el seno del bloque gobernante, como se puede ver en la reacción presidencial a los tres supuestos bajo los cuales dice López Obrador que saldría a las calles (ataques desestabilizadores contra la presidenta como un fraude electoral, el riesgo de un golpe de Estado o que esté en peligro la soberanía nacional). Claudia Sheinbaum respondió públicamente que ninguna de esas circunstancias está presente y que López Obrador “está muy bien allá en su rancho”.
El expresidente, que le dejó una herencia política maldita a su sucesora, cuyas consecuencias están brotando a diario en forma de escándalos de corrupción, de deudas impagables (por ejemplo, en PEMEX y el sector salud), de una altísima deuda pública, de un cada vez más inocultable estancamiento económico, del evidente abandono del campo y de la inmoral alianza y complicidad con los cárteles criminales (lo que ha ocasionado la imparable violencia); en medio de esto, ese exgobernante sale desvergonzadamente, con una pretendida aura divina, a amenazar con su regreso a la escena pública desplegando un discurso que en su esencia lo retrata como el autoritario de siempre, a dejar en claro que por ningún motivo van a dejar el poder.
El asunto es muy sencillo: Morena es el partido del fraude electoral (la sobrerepresentación en las cámaras legislativas para asaltar la Constitución, la farsa de elección de los integrantes del poder judicial y el control del INE y el Tribunal Electoral, figuran como los ejemplos mas visibles y vergonzosos). Además, López Obrador le entregó la soberanía a los grupos criminales que ya controlan la mitad del territorio (¿cuál riesgo de “perder la soberanía”, esa que ya perdimos?). Y ¿cuál riesgo de “golpe de Estado” si ellos controlan todos los hilos institucionales del poder, especialmente los de las fuerzas armadas?
En realidad, López Obrador junto con Sheinbaum y Morena ya asaltaron ilegítimamente los poderes del Estado mexicano para modificar las bases fundamentales de nuestra Constitución. Son ellos los que ya dieron fácticamente un “golpe de Estado”.
En medio de todo esto, lo que en el fondo está diciéndonos el caudillo de Macuspana es que si ellos llegaran a perder las elecciones en 2027 o la Presidencia de la República en el 2030, dirían que se trató de un fraude electoral y no reconocerían sus derrotas. Eso ya sería la declaración abierta para la instauración de un régimen dictatorial.
Por eso a López Obrador hay que leerlo al revés. Declara una cosa y se prepara para hacer lo contrario. De ello sobran ejemplos. Ya la sociedad decidirá en libertad qué hacer.




