Miscelánea, salud y política
La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI puso sobre la mesa una transformación profunda que redefine el rostro de México: la Tasa Global de Fecundidad ha descendido a 1.2 hijos por mujer, un desplome desde los 1.9 registrados apenas cinco años antes.
Durante décadas, formar una familia fue parte natural del recorrido de la vida. Se esperaba, se planeaba y se asumía como algo que llegaría. Hoy, para millones de jóvenes mexicanos, tener hijos ha dejado de ser un paso natural para convertirse en un cálculo, y muchas veces en un sacrificio que no se está en condiciones de asumir.
No es que no quieran. Es que no pueden. Antes de imaginar un hijo, la persona joven hace cuentas que no cuadran: ¿cuánto cuesta una vivienda digna? ¿Es estable mi empleo? ¿Alcanzará mi sueldo para alimentar, vestir, educar y atender la salud de un hijo? Esas preguntas, que antes no existían con tanta crudeza, hoy definen el presente de toda una generación.
La fecundidad no cae por casualidad. Cae cuando la vida se vuelve tan difícil que traer una persona al mundo parece, para muchos, un acto de irresponsabilidad.
El descenso de la fecundidad es el síntoma de problemas estructurales que han permanecido sin solución durante años:
- Precariedad laboral: La mayoría de los jóvenes trabaja sin prestaciones, sin estabilidad, sin certeza de que el ingreso llegará el próximo mes. ¿Cómo asumir el compromiso de criar una vida sin seguridad económica?
- Costo de la vida: La vivienda, los alimentos, la educación y la salud han subido mucho más rápido que los salarios. Un hogar ya no se sostiene con facilidad; ampliarlo parece un lujo.
- Falta de políticas públicas: No existe una red de protección que facilite la conciliación entre el trabajo y la crianza. Las guarderías, los apoyos económicos, los permisos parentales son insuficientes o inaccesibles para la mayoría.
- Inseguridad: ¿Cómo no temer por el futuro de un hijo en un país donde la violencia marca la vida cotidiana? El miedo no es buen compañero para la esperanza.
El cambio demográfico ya está aquí. La edad mediana de la población mexicana ha subido a 32 años, y seguirá aumentando. En pocos años, seremos una nación con más personas mayores y menos jóvenes. Esto plantea retos enormes: ¿quién sostendrá los sistemas de salud y de pensiones? ¿Quién mantendrá activa la economía? ¿Quién cuidará a quienes hoy son jóvenes y mañana serán ancianos?
Lo más grave no es que envejezcamos. Es que lo haremos sin haber logrado un desarrollo justo y equitativo. No envejecemos prósperos: envejecemos con desigualdad, con brechas abiertas, con instituciones débiles. El bono demográfico que otros países aprovecharon para crecer, nosotros lo dejamos pasar.
Algunos podrían decir que tener menos hijos es una decisión libre y respetable. Y lo es. Pero hay una diferencia enorme entre elegir no tener hijos porque así lo deseas, y no tenerlos porque no puedes permitirte el lujo de criarlos. Esa segunda opción no es libertad: es una restricción impuesta por la realidad.
La baja fecundidad no se revierte con campañas, discursos o exhortos morales. Se revierte garantizando condiciones dignas de vida: salarios justos, vivienda accesible, educación y salud de calidad, empleos estables, seguridad en las calles y en los hogares. Se revierte cuando tener hijos vuelva a ser una alegría y un proyecto, no una carga ni un riesgo.
Pero hay algo importantísimo. Las decisiones que tomen los jóvenes de hoy no son solo personales: definen el país que tendremos dentro de treinta años.
Me gusta la idea de que las familias tengan menos hijos. ¿Esto nos llevará a ser en el futuro un país de ancianos y ancianas condenados a la soledad? ¿O seremos un país de personas conscientes que ofrecen mejor calidad de vida a sus hijos e hijas? Ya lo veremos.




