Descomplicado
Muchos de quienes me leen quizá no vivieron ni comprenden del todo lo que significaron las elecciones del año 2000: el fin de 71 años de gobierno ininterrumpido del PRI, ese régimen que se enquistó en el poder hasta convertirse en dueño y señor de todo lo público. Y hubo motivos de sobra para que la gente quisiera sacarlo de ahí: el sistema estaba podrido hasta los cimientos, sumido en la decadencia, la impunidad y el abandono.
Bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el país conoció la violencia más cruel y cínica: el asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, un crimen político que nunca se aclaró del todo y que reveló hasta qué punto el poder se defendía a sí mismo por encima de cualquier ley o vida humana. Quedó entonces Ernesto Zedillo como candidato y luego presidente, heredando un desastre que no supo ni pudo manejar. Fue un sexenio de crisis tras crisis, de decisiones tardías y de un Estado que se desmoronaba ante los ojos de todos, incapaz de dar respuestas a la gente.
En medio de ese caos apareció Vicente Fox. Se presentó como algo distinto, fresco, renovador. Pero la verdad es que no traía nada nuevo: no tenía proyecto, no tenía plan, no tenía propuestas serias. Su única oferta fue una consigna sencilla y efectiva: "Sacar al PRI de Los Pinos". Y la gente se fue con esa finta. Le gustaba su forma de hablar, sus frases contra "las tepocatas y las víboras prietas", y creyeron que con él todo cambiaría. Lo que realmente hubo detrás no fue sabiduría ni convicción política: fue hartazgo, mucho hartazgo, y también ignorancia. En aquel entonces la información escaseaba, la conciencia política era muy limitada, y la gente votó más por desesperación que por convencimiento. Como dice Facundo Cabral: "A donde vayas ya está lleno de pendejos; y son peligrosos porque al ser mayoría eligen hasta al presidente". Y así fue: se eligió a alguien distinto, no mejor, solo distinto.
Y el engaño no tardó en descubrirse. Fox llegó al poder y la corrupción no desapareció, al contrario, creció, se refinó y se volvió descarada. Baste recordar el escándalo del Toallagate, o los lujos, gastos y privilegios insultantes para una mayoría que seguía en la pobreza. Se cambió de partido en la silla presidencial, pero las prácticas de siempre: el amiguismo, el abuso, el despilfarro y la falta de rendición de cuentas, siguieron intactas. Se prometió un país nuevo y lo que obtuvimos fue el mismo sistema con otro color.
Y ahora, años después, tenemos la prueba más clara de que aquella supuesta transformación fue solo teatro. Hemos visto a Vicente Fox reunirse públicamente, abiertamente, con Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI —ese mismo partido al que juró combatir y expulsar del poder— y hacerlo como si nada hubiera pasado, como si no hubieran sido décadas de enfrentamientos y promesas de cambio. Los propios sectores del PAN lo criticaron duramente: lo llamaron "mala jugada", reprocharon que apareciera hasta con corbata roja del PRI, que se adelantara sin ningún acuerdo formal, que actuara sin prudencia ni respeto a sus propios principios. ¿Principios? Si es que alguna vez los hubo.
Pero lo más revelador vino desde Morena, cuando señalaron que "no estamos frente a una nueva oposición, estamos viendo la reorganización de la mafia del poder". Y es que no hay mejor definición de lo que ocurre. Lo que vemos es la vieja casta política reuniéndose, reconociéndose, pactando entre sí, sin importarles los colores ni las promesas hechas a la ciudadanía. Son los mismos de siempre, que durante décadas repartieron el país entre ellos, que se protegen mutuamente, que se olvidan de sus discursos en cuanto les conviene.
Lo que pasó en el año 2000 no fue el triunfo de la democracia, fue el cambio de gerencia. Y hoy, cuando vemos a quienes se dijeron enemigos abrazarse y confabularse, entendemos que la verdadera oposición nunca estuvo entre esos partidos, ni lo está ahora. Lo que tenemos es una élite que no pierde nunca, que cambia de nombres y siglas, pero que se mantiene fiel a un solo objetivo: conservar sus privilegios y mantener a la gente lejos del poder real. El cambio que prometieron sigue sin llegar, y mientras ellos se reúnen y negocian, la mayoría de los mexicanos sigue esperando lo que hasta ahora solo ha sido una mentira repetida cada seis años.




