Descomplicado
Voces misóginas que cuestionan a la presidenta
Para algunos, ser mujer sigue siendo sinónimo de incompetencia, de inacción o simplemente de alguien incapaz de tomar decisiones.
Y es que hay una acusación que atraviesa fronteras, clases sociales y ámbitos profesionales, y que millones de mujeres hemos escuchado, incluso vivido en carne propia: que nuestras decisiones no son realmente nuestras. Que siempre hay alguien más —casi siempre un hombre— detrás de nosotras para decirnos qué hacer, qué decir, cómo actuar.
Como si fuéramos un títere o muñeca de trapo.
La capacidad de una mujer, por más que esté demostrada con años de preparación, trabajo y resultados, parece necesitar siempre una explicación adicional. Cuando ocupa una posición de autoridad, aparecen las preguntas: ¿quién está detrás?, ¿quién la puso ahí?, ¿quién la aconseja?, ¿a quién obedece? Es una forma de deslegitimación que rara vez se aplica con la misma intensidad a los hombres.
En el caso de la presidenta Claudia Sheinbaum, este fenómeno adquiere una dimensión particularmente evidente. A dos años de su llegada a la Presidencia, persiste un discurso que intenta presentar sus decisiones como resultado de la voluntad de un hombre, como si una mujer no pudiera construir su propio criterio político, tomar decisiones y ejercer el poder por derecho propio.
Pero el discurso suele ser contradictorio: las voces que sostienen esta narrativa son las mismas que aseguran que existe una ruptura profunda o un distanciamiento entre Sheinbaum y el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Por un lado, hablan de diferencias y separación política; por otro, insisten en que la presidenta “solo obedece”.
Una idea es opuesta a la otra. Si hay distanciamiento, no puede existir obediencia.
En algunos casos, el objetivo no parece ser analizar las decisiones de la presidenta, sino cuestionar su autonomía por el simple hecho de ser mujer.
Si un hombre llega a la Presidencia jamás se le cuestionan sus decisiones, jamás se insinúa que obedece a alguien.
Cuando una mujer llega al mismo cargo, se busca inmediatamente al hombre que supuestamente está detrás de ella.
Esa diferencia tiene nombre: misoginia.
No estoy asegurando, de ninguna manera, que la presidenta esté exenta de la crítica. Como figura pública y más como presidenta de México, sus decisiones pueden y deben ser cuestionadas. En una democracia, señalar errores, exigir resultados y debatir políticas públicas es indispensable. Pero una cosa es la crítica política y otra muy distinta negar sistemáticamente la capacidad de una mujer para tomar decisiones por sí misma.
México dio un paso histórico al elegir a su primera mujer presidenta. Sin embargo, esto no elimina automáticamente los prejuicios sociales. Podemos tener a una mujer ocupando el cargo político más importante del país y, al mismo tiempo, conservar la vieja idea de que el poder verdadero pertenece a los hombres.
Ahí está precisamente el problema.
Porque cuando se afirma que una presidenta “no manda”, que “solo obedece” o que necesariamente existe un hombre que mueve los hilos detrás de ella, no solamente se intenta desacreditar a Claudia Sheinbaum. También se reproduce un estereotipo que durante generaciones ha acompañado a las mujeres: la idea de que no somos plenamente autónomas, que necesitamos tutela, que alguien debe pensar por nosotras y que nuestras decisiones adquieren legitimidad únicamente cuando son respaldadas por un hombre.
La capacidad de una mujer nunca debe estar determinada por su género. Mucho menos asegurar que solo obedece las órdenes de un varón.
Claudia Sheinbaum no necesita que se le proteja de la crítica. Necesita que se le critique con los mismos criterios con los que se juzga a cualquier gobernante.
Porque cuestionar a una presidenta por sus decisiones es democracia.
Cuestionar que pueda decidir simplemente porque es mujer, es misoginia.




