Descomplicado
Las palabras cayeron como una piedra en el estanque de la política mexicana. Cuando el expresidente Vicente Fox Quesada fue confrontado por sus declaraciones contra la presidenta Claudia Sheinbaum, su respuesta no fue una rectificación, ni una disculpa, ni un argumento de fondo. Fue una frase que resume décadas de resistencia a reconocer la desigualdad: “Soy macho, no machista”. Lejos de apagar la polémica, la encendió más, porque expuso con crudeza el problema de fondo: la forma en que México juzga —y descalifica— a las mujeres que llegan a los espacios de poder.
Fox no se limitó a discrepar de las políticas de la mandataria. Sus afirmaciones fueron directas a cuestionar su legitimidad misma: aseguró que carece de autonomía política, que sus decisiones estarían condicionadas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador y por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Llegó a calificarla de “mala presidenta” y de afirmar que “no tiene posición ni perfil”. Son frases que, más allá de la crítica política, revelan un patrón recurrente: la tendencia a negar a las mujeres líderes la capacidad de decidir por sí mismas, de reducirlas a figuras subordinadas a otros poderes.
Ese argumento —“no decide sola, alguien la manda”— es una de las formas más antiguas y efectivas de deslegitimizar a las mujeres en puestos de dirección. No se les juzga por sus resultados, por sus decisiones o por su trayectoria: se les despoja de agencia. Se les presenta como piezas de ajedrez, no como autoridad. Y cuando quien lo dice es un expresidente de la República, con una plataforma pública enorme, el mensaje se amplifica y se normaliza.
La distinción que Fox intenta trazar —“soy macho, no machista”— es, en el fondo, una falacia. No existe una separación limpia entre ser “macho” y ejercer el machismo. El término “macho”, en el sentido cultural que se le da en México, implica asumir una superioridad natural del hombre, una autoridad que no se cuestiona, una forma de estar en el mundo que no necesita escuchar ni respetar. Y esa postura es precisamente la base del machismo: el sistema de creencias que coloca a los hombres por encima de las mujeres y les niega igualdad de trato y de voz. Cuando se dice “soy macho”, se está reivindicando precisamente esa jerarquía.
Lo que está en juego aquí no es solo una polémica entre figuras políticas. Es el estándar con el que juzgamos a quienes nos gobiernan. ¿A un presidente varón se le exigiría demostrar que no recibe instrucciones de otros? ¿Se le cuestionaría su “perfil” desde el primer día con la misma saña? ¿Se le atribuiría cada decisión a una influencia externa sin presentar prueba alguna? La respuesta, a la luz de la historia reciente, es clara: no.
Claudia Sheinbaum es la primera mujer presidenta de México. Ese hecho histórico no la exime de críticas, ni de escrutinio, ni de la responsabilidad de rendir cuentas. Tiene que ser juzgada por sus hechos, por sus políticas, por el rumbo que le da al país. Pero ese juicio debe ser justo, equitativo y libre de prejuicios de género. No se puede seguir reduciendo a la primera mujer en llegar a la silla presidencial a una marioneta, ni insistiendo en que no tiene la capacidad ni la autoridad para mandar.
La frase de Fox ha puesto el dedo en la llaga. Muchas mujeres en la política, en la academia, en la empresa y en la vida pública de México reconocen ese trato: cuando hablan fuerte, son “agresivas”; cuando deciden, son “mandonas”; cuando lideran, “alguien las mueve los hilos”. Es el mismo doble rasero, una y otra vez. Y cuando quien lo enuncia es una figura de la talla de un expresidente, se valida para toda la sociedad.
No basta con decir “no soy machista” mientras se reivindica una postura de superioridad masculina. El machismo no es solo insultar o agredir: es también negar la autonomía, cuestionar la autoridad y reducir a las mujeres a su relación con otros. Mientras en México siga siendo aceptable descalificar a una mujer presidenta diciendo que no decide por sí misma, no habremos avanzado tanto como creemos en igualdad.




