Palabras y juicios irredentes
Parecía increíble, pero es real. El juicio que hoy sacude a Meta, propiedad de Mark Zuckerberg, en un tribunal federal de Oakland, California, es, sin exagerar, uno de los momentos más importantes en la historia de la tecnología moderna.
Está en juego, nada más y nada menos, que el bienestar y la salud mental de nuestros niños, niñas y adolescentes.
No perdamos de vista el testimonio de Arturo Béjar: exdirector de Ingeniería de Meta, quien habló sin tapujos para confirmar lo que durante años se intentó silenciar: la compañía sabía —o al menos tenía motivos de sobra para saber— que menores de edad estaban usando su servicio y, en lugar de actuar, decidió hacerse de la vista gorda, o de plano ignorar. No fue un descuido: fue una estrategia.
La acusación central, sostenida por los estados de California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey —cuatro de los 29 que demandaron a la empresa en 2023—, es contundente: Meta priorizó las ganancias por encima de la seguridad y el bienestar de los menores.
La demanda va más allá. Acusa a Meta de diseñar deliberadamente funciones adictivas que han contribuido a la crisis de salud mental entre los y las jóvenes, y de ocultar posteriormente esos daños al público. Además, sostiene que la compañía recopila rutinariamente datos de niños menores de 13 años sin el consentimiento de sus padres, en violación sus derechos humanos y las leyes que los protegen.
Lo que está en juego en este juicio no es solo una indemnización o un cambio de política interna. Es la responsabilidad de una empresa que ha construido su fortuna atrayendo, reteniendo y extrayendo datos de una población que no tiene la madurez para comprender el alcance de lo que ocurre. No se trata, claro que no, de satanizar la tecnología: se trata de exigir que se respete la ley y se proteja a quienes más vulnerables son.
La decisión final está en un tribunal. Pero la sociedad también debe juzgar. ¿Hasta cuándo permitiremos que nuestras infancias sean moneda de cambio en la economía digital? ¿Hasta cuando seguiremos permitiendo que nuestros niños y niñas sigan cautivos frente a los teléfonos celulares? La respuesta no puede esperar a que termine el juicio.




