Descomplicado
El elitismo que no se esconde: cuando la derecha quiere borrar la democracia
La derecha está desatada. Ya no necesitan usar eufemismos ni envolver sus ideas en supuestos principios de "buena gobernanza". La careta se ha caído por completo y lo que queda a la vista es un rostro arrogante, elitista y profundamente antidemocrático.
Lo que sí necesitan es a quien aventar al ruedo y que sirva de vocero y vocera para que digan las cosas y suene muy “nice”.
Aunque parezca absurdo a estas alturas del siglo XXI, tenemos que soportar el espectáculo vergonzoso —y peligroso— de quienes debaten si el voto debe ser un derecho universal o un privilegio reservado solo para quienes ellos consideran "dignos".
Es ahí donde aparece la influencer, abogada y profesora Natalia Torres, quien tuvo varias ocurrencias respecto al voto en México. Dijo que el INE debe aplicar un examen de conocimientos sobre las funciones del Estado. Lo dijo como si fuera la verdad absoluta, con una frialdad insultante. Su mensaje no dejó lugar a dudas: para ella, la ciudadanía se divide en clases, y quienes no cumplen con sus estándares —por edad, por condición social o por no pertenecer a su círculo privilegiado— no merecen tener voz ni voto en el destino de la nación. Es la vieja y despreciable teoría de que hay gente que piensa y gente que solo debe obedecer. Por algo se dice admiradora de Porfirio Díaz, el dictador, y de Carlos Salinas de Gortari, expresidente de México, uno de los más despreciables que hemos tenido.
Otra idea ridícula, externada por un joven panista mexiquense, gira en torno al voto por familia, es decir, se propone que solo el padre emita el sufragio por todos los integrantes de la familia. Esta idea ha sido respaldada por Natalia Torres, quien incluso pidió a la presidenta Sheinbaum un espacio en la Mañanera, pues asegura que sus palabras han sido mal entendidas y dice ser víctima de un linchamiento mediático. Típico, se victimizan para luego decir que todos los que no coinciden con ella, son los malos.
Hay más voces que se han pronunciado a favor de que el voto sea “regulado”.
¿O acaso olvidamos que el magnate Ricardo Salinas Pliego propuso sin vergüenza alguna prohibir el sufragio a quienes reciben apoyos sociales? Es una venganza de clase pura y dura: castigar a los más vulnerables por el simple hecho de buscar sustento en su propio gobierno, excluyéndolos de la única herramienta que tienen para defenderse: su voto.
Lo más cínico de todo es que estos mismos personajes se erigen como los grandes críticos de la falta de contrapesos en la actual administración. Tienen comezón en las manos, y seguramente en varias partes del cuerpo, porque les urge recuperar los privilegios, llegar de nuevo al poder y se rasgan las vestiduras hablando de instituciones, de equilibrios y de respeto a la ley. Pero ¿con qué autoridad moral pueden exigir respeto a la democracia quienes quieren destruirla desde su raíz?
Les arde que el pueblo decida. Les duele en el orgullo que la mayoría no piense como ellos. Saben que los dos últimos gobiernos, emanados de la izquierda, llegaron al poder por el voto popular y buscan usar un micrófono para ver si chance alguien les hace caso y les aplaude su ocurrencia.
La realidad es que ante la derrota en las urnas en las elecciones del 2024 no buscan convencer, buscan cerrar las puertas. Buscan cambiar las reglas para excluir.
Eso, por supuesto, no ocurrirá.
El sufragio universal es una conquista que hemos ganado tras décadas de lucha en nuestro país y no vamos a retroceder más de setenta años.
El debate siempre es bueno, pero ante ocurrencias absurdas, más vale ignorar y dar vuelta a la página.




