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Niños y niñas: las otras víctimas de feminicidio
Por años, las cifras de feminicidio han ocupado espacios en informes, noticias y debates públicos, pero detrás de cada registro siempre hubo una realidad que permaneció en la sombra: los niños, niñas y adolescentes que pierden a su madre a causa de la violencia machista. Son vidas truncadas, marcadas por el duelo, la incertidumbre y la falta de respuestas institucionales. Hoy, esa realidad entra de lleno en la agenda legislativa, gracias al dictamen enviado a la Cámara de Diputados, que busca garantizar protección para ellos y ellas, reconociéndolos oficialmente como víctimas directas de este delito y estableciendo obligaciones claras para el Estado mexicano.
Esta iniciativa reconoce que la orfandad derivada de un feminicidio no es solo una consecuencia emocional, sino una situación que impacta todas las esferas de la vida de las infancias y adolescencias, que enfrentan afectaciones profundas en su desarrollo, desde trastornos emocionales y psicológicos, hasta limitaciones sociales y económicas que ponen en riesgo el ejercicio pleno de sus derechos. Por ello, la reforma plantea que las autoridades están obligadas a garantizarles atención médica permanente, acompañamiento psicológico especializado, acceso irrestricto a la educación en todos sus niveles y mecanismos efectivos de reparación del daño, que no se limiten a una compensación económica, sino que abarquen medidas de restitución, rehabilitación y garantías de no repetición.
Es una deuda histórica que tiene el Estado Mexicano y un reclamo que familias y colectivos han alzado por años.
Así lo dijo en tribuna el presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales, Óscar Cantón Zetina, quien añadió:
“No hablamos sólo de leyes; hablamos de mujeres, niñas, madres, hijas, de familias que viven con una silla vacía y de un Estado que ya no puede fallar”.
La expresión “la silla vacía” ha sido adoptada por colectivos de familiares y organizaciones defensoras de derechos humanos para representar ese hueco imposible de llenar, ese dolor que acompaña a quienes pierden a una ser querido por violencia, y la ausencia que también se reflejó por mucho tiempo en las leyes y en las políticas públicas.
Con esta propuesta, el Legislativo reconoce que el daño causado por el feminicidio no termina con la consumación del delito ni con la sentencia contra el responsable; este crimen desintegra hogares, rompe proyectos de vida y deja a generaciones enteras expuestas a la vulnerabilidad. Durante mucho tiempo, estos menores quedaron en el limbo: no contaban con un marco legal específico, la atención que recibían era fragmentada, temporal o dependía casi exclusivamente de la labor de organizaciones civiles, y no existía el reconocimiento expreso de que también son víctimas, que también requieren justicia y que también tienen derecho a vivir sin violencia y con bienestar.
El dictamen ahora pasará por las siguientes etapas de discusión y votación, pero para quienes han seguido este proceso, ya representa un paso histórico. Significa que por fin se entiende que combatir la violencia contra las mujeres implica también cuidar de quienes ellas dejaron atrás, que la justicia debe llegar no solo a las víctimas directas, sino también a quienes cargan con sus consecuencias, y que mientras exista una silla vacía en un hogar, existirá también una responsabilidad pendiente por parte del Estado.
Como señalaron quienes impulsaron esta reforma, aprobarla será solo el primer paso; el verdadero cambio llegará cuando las medidas establecidas se traduzcan en acciones concretas, recursos suficientes y una atención digna, para que ningún niño, niña o adolescente vuelva a crecer con la sensación de que su dolor es invisible o que el Estado les ha dado la espalda.
Este Día del Niño, hay cientos de familias que tienen esa silla vacía pero además, el corazón roto.
Mientras el feminicidio siga acabando con sueños y destruyendo hogares, no hay mucho que celebrar y sí hay mucho por hacer. La tarea es de todas y todos.




