Carlos Torres Piña, la hora de sumar
Día Mundial del Hambre y el desperdicio de comida en México
En México, el cuerno de la abundancia contrasta brutalmente con la realidad de millones de personas que sufren hambre. Mientras 13.4 millones de toneladas de alimentos se desechan anualmente – según el Índice de Desperdicio de Alimentos 2024 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) – una parte significativa de la población lucha por su sustento diario. Esta cifra, que coloca a México como uno de los principales generadores de desperdicio alimentario en Norteamérica, representa una falla sistémica que exige una atención urgente.
Este problema no es simplemente una cuestión de mala gestión; es un reflejo de las complejidades económicas y estructurales que afectan a la industria alimentaria y a los consumidores. La incertidumbre económica, exacerbada por la inflación y los aranceles, impulsa a las empresas a reducir compras y ajustar inventarios, a menudo resultando en el descarte de alimentos ya producidos y almacenados.
Los aranceles, aunque debatidos en foros internacionales, tienen un impacto directo en la mesa del consumidor mexicano. La incertidumbre sobre precios y disponibilidad de insumos afecta la planificación de la industria alimentaria, generando un efecto dominó: menor gasto del consumidor, ajustes tardíos del retail y la industria, y un aumento significativo del desperdicio. La falta de infraestructura para la donación y redistribución de alimentos agrava aún más la situación.
El problema trasciende fronteras. A nivel mundial, la cifra de desperdicio alimentario es alarmante: entre 931 millones y 1,200 millones de toneladas anuales, según datos del PNUMA y el Programa Mundial de Alimentos, respectivamente. Esto no solo contribuye al hambre global, sino que también representa un desperdicio masivo de recursos, agua y energía. La solución requiere un enfoque multifacético. Se necesita una mayor inversión en infraestructura para la recolección y redistribución de alimentos, así como una mejora en la planificación y gestión de la cadena de suministro. Es crucial fomentar la educación del consumidor sobre la importancia de reducir el desperdicio en los hogares, y promover prácticas de consumo responsable. Además, urge implementar políticas públicas que impulsen la innovación y la eficiencia en la industria alimentaria, minimizando el impacto de la incertidumbre económica y las barreras comerciales. Solo a través de una acción coordinada entre el gobierno, la industria y la sociedad civil podremos abordar esta paradoja inhumana y garantizar un acceso equitativo a los alimentos para todos los mexicanos.




