Entre máscaras, llaves y gritos, la lucha libre volvió a encender Morelia
MORELIA, Mich., 17 de diciembre de 2022. - Así como le enseñó su abuela y madre en sus años de juventud, doña Clementina continúa con la tradición de las posadas en su casa paterna, compartiendo con familia, amigos y hasta desconocidos que van a disfrutar de esta costumbre tan mexicana.
Los vecinos del Centro Histórico, la colonia de mayor arraigo del catolicismo en la capital michoacano, no han perdido la tradición que trajeron los españoles: las posadas, los nueve días previos al nacimiento de Cristo en que José y María buscaban un sitio donde descansar, en tanto llegaban a Belén.
Entre las calles de Eduardo Ruiz y Carlos Salazar, Doña Clementina y su familia lleva más de 100 años ininterrumpidos instalando un extenso nacimiento, tradición de sus padres y abuelos; de quienes aprendieron los villancicos.
Entre cada misterio glorioso, las risas, la emoción y el gozo; la ansia de los niños, que miran inquietos a su alrededor, esperando encontrar sus ojos con la piñata, los dulces y la fruta, entre el heno que cuelga de mecates, las esferas y las coloridas linternas.
El ambiente del pasillo donde se reza es mistíco, porque mientras los cánticos tradicionales resuenan entre los muros de cantera, a la vuelta de la esquina están los bares que ponen una y otra vez reggaeton del Bad Bunny, que con cada desafinada sacude a las tradiciones.
Como en una afortunada coincidencia, entre las aves marías, los cuetes truenan una y otra vez, como si se tratara de una celebración patronal y no la posada de Doña Clementina, mujer ya de la tercera edad y última en su familia en seguir la tradición.
Aquella melena castaña de la juventud de Clementina, así como su figura, son ya parte de su pasado; cada hebra de su liso cabello es blanco o de un gris tan claro que apenas se distinguen los tonos.
Alegre, si, pero agotada por los años, resiste de pie todos los misterios del rosario, frente a un jardín lleno de figurillas de yeso, plástico y cerámica; desde caballos hasta conejos y patos gigantes, todos se dirigen a la parte central, donde yacen Maria y José, junto a su burrita, esperando el día. Dirección a la que también reza ferviente Doña Clementina.
Al final de todos los misterios y la letanía, el premio de los niños: piñatas y dulces, ponche, risas y abrazos. Porque no es solo un ritual judeocristiano, también el motivo perfecto para que todos convivan y reconstruir los sistemas de convivencia.
Entre risas y bromas, le dedican un verso a una de las colaboradoras, "ándale Edith cabeza de araña dame si quiera un pedazo de caña", dejando atrás el temor de volver tarde a casa por el gusto de convir con la familia.




