A proceso, acusado por despojo; usó como bodega inmueble de diócesis
MORELIA, Mich., 21 de julio de 2026.– Durante once años, la historia permaneció encerrada en un expediente judicial del antiguo sistema penal. No era únicamente la historia del feminicidio de María. Era también la de una niña que, antes de aprender a comprender la violencia, aprendió a esconderse de ella, a convivir con ella y con las consecuencias que dejó en su familia.
La noche del 16 de agosto de 2015, Juanita regresó con sus padres y su hermana menor después de una reunión familiar en Sahuayo. Al llegar a casa comenzaron las discusiones. Ella sabía reconocerlas. No eran nuevas.
Desde muy pequeña entendió que su padre consumía sustancias prohibidas, las cuales desataban episodios de ira dentro del hogar.
Cuando escuchó que las voces se elevaban, abrazó el pequeño cuerpo de su hermanita. Cerró los ojos y fingió dormir. No era un juego infantil, pero tampoco algo nuevo. Era una conducta aprendida tras años de violencia, según consta en la causa penal 70/2015 del sistema mixto.
Era un mecanismo para protegerse de su padre.
"Mi papá se pone loco... me da miedo", declaró años después durante el proceso penal para esclarecer la muerte de su madre.
También explicó por qué permaneció inmóvil:
"Cerré los ojos para que creyera que estaba dormida porque después me pega".
Aquellas palabras resumen una infancia marcada por la violencia familiar.
La sentencia, que recientemente se hizo pública, revela que la violencia no comenzó aquella noche. Durante años, María —madre y víctima de feminicidio, la máxima expresión de la violencia de género— soportó golpes, amenazas y constantes episodios de agresividad.
En varias ocasiones abandonó la relación, pero regresó por miedo o por las promesas de Luis. Incluso había dicho a su familia que deseaba separarse definitivamente porque temía por su vida y por la seguridad de sus hijas.
Juanita también aprendió desde pequeña otra realidad: las adicciones de su padre.
En su declaración recordó que su madre le pedía a Luis que no hiciera nada frente a ellas y mencionó que consumía "esas cosas malas que se fuma". El expediente también documenta que familiares habían advertido que esa noche Luis había comprado droga y que su comportamiento agresivo estaba asociado al consumo de sustancias.
Mientras fingía dormir, escuchó a su madre suplicar.
Relató que Luis la abrazó con fuerza. María le pedía que no la apretara.
Después dejó de escucharla.
Horas más tarde, Luis despertó a las niñas, las abrazó y las llevó con unos familiares.
Ellas todavía no sabían que acababan de quedar huérfanas de madre.
Con el paso de los años, aquella niña dejó de ser únicamente una víctima indirecta del feminicidio. También se convirtió en la principal testigo de lo ocurrido dentro de la habitación donde murió su madre.
Su historia permaneció oculta durante más de una década en un expediente judicial que apenas ahora salió a la luz.
La justicia llegó casi once años después.




