Inscritas 10 mil 751 familias michoacanas en Vivienda para el Bienestar
MORELIA, Mich., 4 de junio de 2026.- Viviendas abandonadas, saqueadas y con daños por vandalismo forman parte del panorama urbano y suburbano. Pero son más que eso: es la arquitectura de la ausencia. Mientras que un obrero podría tardar 20 o 30 años para pagarla, los propietarios de estas viviendas siemplemente no las habitan.
Es una problemática que afecta a distintos fraccionamientos del estado, sin que exista actualmente un instrumento legal que obligue a los propietarios a recuperar esos inmuebles.
Durante una entrevista, el director del Instituto de Vivienda del Estado, Luis David Soto Quizaman, señaló que no existe una figura jurídica que permita forzar a los dueños de casas deshabitadas a venderlas, rehabilitarlas o protegerlas para evitar su deterioro.
La situación del abandono va más allá de la pérdida de su inversión o la deuda de años, también afecta a la comunidad.
En numerosos casos, el abandono sigue una secuencia conocida por vecinos de distintos desarrollos habitacionales. Primero desaparece la herrería. Después los accesorios del inmueble. Las tazas de baño, lavabos, espejos y piezas de instalación sanitaria son retirados. Más tarde desaparecen puertas, ventanas, focos, apagadores y cableado. Cuando ya no queda nada de valor visible, los saqueadores extraen el cobre de la instalación eléctrica.
Al final del proceso permanecen estructuras vacías, sin servicios y con daños acumulados.
Detrás de muchas de esas viviendas existe además una carga financiera para sus propietarios. Una casa de interés social adquirida mediante crédito puede representar una deuda cercana al medio millón de pesos, con plazos de pago de hasta 30 años.
En algunos casos, los propietarios abandonan el inmueble porque el desarrollo carece de servicio, transporte o queda muy lejos del trabajo, pero la obligación financiera permanece. Entonces, la vivienda deja de cumplir su función habitacional, pero el adeudo continúa vigente durante décadas.
"Como tal no se identifica un instrumento", respondió el funcionario al ser cuestionado sobre mecanismos legales para obligar a los propietarios a hacerse cargo de inmuebles abandonados.
El titular del instituto explicó que una de las alternativas se encuentra en la Ley de Régimen en Condominio, esquema que permite a los habitantes de determinados desarrollos habitacionales establecer reglas internas para la conservación de espacios comunes y el cumplimiento de obligaciones por parte de los propietarios.
Indicó que mediante reglamentos internos los condominios pueden exigir responsabilidades a quienes incumplan las disposiciones establecidas por la comunidad.
En caso de incumplimiento, señaló, los habitantes pueden acudir ante jueces cívicos para solicitar la aplicación de sanciones previstas en la normativa correspondiente.
No obstante, la mayoría de fraccionamientos no operan bajo el régimen de condominio, ya que su adopción constituye una opción para los desarrolladores y no una obligación legal.
La declaración expone una realidad presente en distintos conjuntos habitacionales del estado: viviendas vacías, deterioradas y sin mantenimiento, mientras las autoridades reconocen que carecen de mecanismos directos para obligar a sus propietarios a recuperarlas.
El fenómeno de la arquitectura de la ausencia, por así llamarlo, también conlleva un conflicto al interior de la comunidad.
"Son un foco de inseguridad de insalubridad también", comentó el director.
Una casa sin puertas suele ser utilizada para satisfacer las necesidades fisiológicas de los transeúntes y personas en condiciones de calle.
Una casa con puertas, deteriorada y sola, puede ser blanco de despojo y ser usada con fines diversos. Desde habitación como fines ilegales, para el consumo de sustancias y residencia de personas que viven al margen de la ley.
En estas condiciones, se presume, hay 10 mil viviendas de interés social en desarrollos de diversos municipios. Pero hay más. La mayoría no esta en las ciudades: están en el campo. Esas viviendas que dejó a medio construir el paisano que se fue al norte; la herencia de un migrante que se fue a la ciudad a estudiar y nunca volvió; la familia desplazada por la violencia o por la crisis del campo.




