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MORELIA, Mich., 6 de abril de 2026.- Hace 130 años, el 6 de abril de 1896, el mundo presenció el regreso de los Juegos Olímpicos después de más de mil 500 años de ausencia. Los antiguos Juegos, celebrados durante siglos en Grecia, habían sido prohibidos en el año 393 d.C. por el emperador romano Teodosio I, quien ordenó suprimirlos por considerarlos rituales paganos incompatibles con el cristianismo, entonces religión oficial del Imperio. Durante siglos, aquella tradición quedó en el olvido.
El renacimiento ocurrió en Atenas, cuna de la historia olímpica, donde miles de personas se reunieron para atestiguar el inicio de una nueva era del deporte internacional. Detrás de esta iniciativa estuvo Pierre de Coubertin, quien impulsó la idea de recuperar el espíritu de la antigua Grecia y adaptarlo a un contexto moderno, con participación internacional.
La primera edición fue mucho más sencilla y también más peculiar de lo que hoy se conoce. Participaron 241 atletas de 14 países, todos hombres, en un ambiente que distaba mucho de la magnitud actual.
No existían ceremonias espectaculares ni infraestructura como villas olímpicas. Tampoco había grandes patrocinios. El evento dependió en gran medida del apoyo ciudadano en Grecia, así como de estrategias de recaudación como la venta de boletos y donaciones.
En cuanto a los premios, los ganadores no recibían medallas de oro. El primer lugar obtenía una medalla de plata acompañada de una rama de olivo, mientras que el segundo lugar recibía bronce. El oro como símbolo principal se incorporaría años después.
Las competencias también tenían un toque tan impredecible como peculiar. En disciplinas como la halterofilia no bastaba con levantar más peso: el estilo también contaba, y mucho. Dos atletas podían lograr la misma marca, pero el triunfo se definía por quién lo hacía con mejor técnica, casi como si se tratara de una mezcla entre fuerza y estética.
Además, la especialización prácticamente no existía. Era común ver a un mismo competidor pasar de una prueba a otra sin problema, combinando fuerza, resistencia y habilidad en cuestión de días. Más que atletas enfocados en una sola disciplina, parecían verdaderos todoterreno del deporte.
Uno de los momentos más memorables fue la victoria del griego Spyridon Louis en el maratón, una prueba inspirada en la historia del mensajero que corrió desde Maratón hasta Atenas. Su triunfo tuvo un significado especial, ya que convirtió a Louis en símbolo nacional en un momento en el que Grecia buscaba reafirmar su identidad ante el mundo.
El entusiasmo del público fue notable. Decenas de miles de personas llenaron el estadio Panathinaikó, reconstruido especialmente para la ocasión, consolidando el evento como un éxito desde su primera edición.
Muchos de los elementos que hoy definen a los Juegos Olímpicos simplemente no estaban presentes en 1896. No había llama olímpica ni recorrido de antorcha, tradiciones que se introducirían décadas más tarde. Tampoco existía la participación femenina, la cual se integraría de manera gradual en ediciones posteriores.
A pesar de estas ausencias, el impacto fue profundo. Aquella primera edición sentó las bases de una competencia que hoy reúne a más de 200 países y miles de atletas.
A más de un siglo de distancia, los Juegos celebrados en Atenas no solo representan el rescate de una tradición antigua, sino el inicio de un proyecto que transformó el deporte en un lenguaje universal. Lo que comenzó como un esfuerzo impulsado por ideales y cooperación internacional, hoy es uno de los eventos más importantes del mundo, capaz de trascender fronteras, culturas y generaciones.




