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GUADALAJARA, Jal., 18 de junio de 2026.- El futbol es un sentimiento que alcanza las fibras más sensibles. Por eso, no hay mucha ciencia: sabes que un gol será recordado por siempre cuando es capaz de sacar lágrimas. El que Luis Romo ha marcado esta noche, lo hizo. También sabes que una atajada será eterna cuando se enchina la piel al escuchar el “¡portero, portero!” que le sigue a continuación. El Taladro Rangel ha logrado eso.
Drama. Tensión. Pasión. Felicidad. La Selección Mexicana ha ganado su segundo partido del Mundial 2026 y las emociones provocadas alcanzaron los picos más altos que haya visto el Estadio Guadalajara en sus casi 16 años de existencia. El Tricolor ha sabido sufrir, pero también ha sabido gozar cuando el silbatazo final le dio el triunfo por 1-0 sobre Corea del Sur y le garantizó el boleto a la siguiente fase. La Perla Tapatía ha vivido una fiesta que nunca olvidará.
Casi 100 años de la Copa del Mundo y tres de esos torneos realizados en México… la espera de esta ciudad ha sido larga. Recibir a la Selección Nacional por primera vez en un partido de tal envergadura era motivo suficiente de fiesta. Y para entender cuán grande era el anhelo de ver al Tricolor en un Mundial, basta con sentir (no sólo escuchar) el Himno. Las lágrimas que corrieron por las mejillas de los tapatíos dicen todo, sin necesidad de una sola palabra.
La emoción se desbordó con el conteo regresivo que la FIFA utiliza para el inicio de los encuentros. Fervor absoluto por el conjunto nacional, esta noche vestido de negro, ante una tribuna pintada de verde. Porque ese, a mucho orgullo, es nuestro color. En los primeros instantes, la grada hace lo suyo. Retumba el “¡México, México!”. Enseguida se escucha el “¡dale, dale, dale México, daleeee, Méxicooooo!”.
Al rival se le abuchea desde el arranque cada vez que tiene el balón. Minutos difíciles para arrancar el encuentro. Las aproximaciones son escasas y complicadas. Al ‘6, Roberto Alvarado prueba de larga distancia con un zurdazo que tapó a el guardameta. Un minuto después, Brian Gutiérrez también intenta de lejos, pero el tiro sale machucado y lo atrapa sin problema el portero.
La tribuna corea olés cuando México mueve la bola. En ese momento todavía es su dueño. Pero enseguida viene el susto mayúsculo. Heung-Min Son alcanza un pase profundo. Raúl Rangel sale a toda velocidad. El coreano define con un toque suave, por arriba. Edson Alvarez corre desesperado rumbo a su arco. Vuela de chilena. Salva al ‘15, sobre la línea. Emoción gratuita, pues se ha marcado fuera de lugar.
Pero la jugada tiene un efecto inmediato sobre la grada, que había arrancado impetuosa y ahora se siente nerviosa. México responde con la primera importante: Roberto Alvarado se fabrica de gran manera el espacio por izquierda. Lanza el centro de zurda. Perfecto. Julián Quiñones se eleva. Conecta el cabezazo. El portero vuela para tapar sobre la línea. Gran intervención, al ‘19.
El grito de gol se ha quedado ahogado en la garganta de miles de aficionados que han conseguido un boleto para ver por primera vez a México en esta ciudad diputando un juego de Copa del Mundo. La polémica pausa de hidratación cumple exactamente con lo que tanto se le critica: corta el ritmo, especialmente del Tricolor, que no es el mismo después de ella y pierde empuje.
Aunque el equipo de Javier Aguirre ya no responde en la cancha, la grada sigue haciendo su trabajo. El “¡México, México!" suena más fuerte que las intenciones del conjunto local. Momentos complicados. Nuevo susto al ‘40. Barre Roberto Alvarado. Intenta cortar un servicio profundo, pero se la acomoda a Young-Woo Seol, quien suelta el zurdazo potente, pero desviado.
Para ese momento, Corea del Sur ha logrado dormir la pelota en su pies. También a dormido a la tribuna, que ya no tiene el mismo ímpetu. Falta el impulso que nazca desde la cancha para que la grada explote de nuevo. Tras el silbatazo del árbitro, la gente abuchea el 0-0. No están contentos ni con el resultado, ni con lo poco que han visto de los dirigidos por el Vasco.

En el arranque del complemento, Jesús Gallardo escapa por izquierda. Dentro del área, tiene de dos: servir o disparar. Elige lo segundo. Zurdazo que se va desviado al minuto 48. La jugada quizá no tiene valor numérico al no ir al marcador, pero cumple con algo igual o más importante: despierta a la tribuna que se había calmado con el complicado juego coreano.
Entonces, la gloria aparece de la forma menos esperada. Pelota elevada. No trae nada, dirán mucho. Trae todo, dirán los millones de aficionados que sueñan con ver a su nación triunfar. El arquero Seung-Gyu Kim se eleva. No hay mexicano que pueda pelearle la redonda… pero sí hay un compañero. Gi-Hyuk Lee está frente a él. Chocan. El guardameta suelta el balón.
El mexicano más cercano se llama Luis Romo. Está en su segunda Copa del Mundo, pero esta noche, en su casa, en el estadio donde habitualmente juega con Chivas, disputa su primer partido en el máximo torneo del balompié. Siempre atento. Nunca pierde de vista el esférico. Estira la pierna. Hace contacto. Viaja lento rumbo al arco. Cruz la línea. Gol de México.
La grada explota. Miles de personas saltan de su asiento. Se abrazan desconocidos. Hay lágrimas de nuevo. La felicidad se desborda. Momento sublime. Luis Romo es abrazado por sus compañeros. Más de 120 millones quisieran hacer lo mismo. De alguna manera, seguramente también recibe el apapacho de esas personas que lo ven a través del televisor. Al ‘49, el Tricolor toma ventaja.
El partido se vuelve tenso. Corea del Sur carga ahora con la obligación. Y tiene jugadores para hacerlo. México, por el contrario, apuesta por mantener ese equilibrio al que ha apostado desde la elección de una alineación inicial que anula con cierto grado de efectividad las principales virtudes del conjunto asiático. El cuadro de Javier Aguirre espera con paciencia la oportunidad de liquidar.
Y llega al ‘74. Julián Quiñones gira sobre su eje. Lanza un maravilloso servicio pasado a segundo poste. Raúl Jiménez baja el balón dentro del área. Define con pierna derecha. El arquero achica de gran manera. Tapa con el cuerpo. Se salvan los asiáticos. Se le escapa a los mexicanos la oportunidad de asegurar los tres puntos. Ls tensión sigue en el ambiente.
La tiene de nuevo al ‘84. Obed Vargas prende con furia el esférico desde fuera del parea. Tiene cara de golazo. El guardameta tiene otros datos. Vuela y con una mano salva a Corea del Sur. Atajadón. De nuevo el grito se ahoga en millones de gargantas, porque lo que aquí pasa hace vibrar no solo a los 45,522 presentes. El final se acerca y con la diferencia de apenas un gol, la tensión continúa.
Los asiáticos se han adueñado de la bola. Dramatismo al más puro estilo de cualquier K-Drama: centro desde el costado izquierdo. La defensa se queda colgada y habilita. Gue-Sung Cho se eleva en el área chica. Cabezazo a quemarropa. Raúl Rangel tapa sobre la línea. El coreano contrarremata tirado en el césped. Tala se levanta de forma increíble. Estira la mano. Evita el gol. La grada explota al ‘86. Es estremecedor el grito: “¡Olé, olé, olé, olé, Tala, Tala!”. En su casa, el portero recibe la ovación de su vida.
Algo para recordar toda la vida. Pero todavía quedan minutos por delante y los asiáticos están encima de los locales. Los visitantes están volcados al frente. La grada se para por momentos para gritar y meter presión. Son instantes de alarido en el Estadio Guadalajara.
Por fin el silbatazo. México ha grado. La Perla Tapatía explota, como lo hace todo el país. La ilusión de una nación está más viva que nunca. Sufrido, pero triunfo al fin. El segundo en la Copa del Mundo. Una noche que vivirá por siempre en el corazón de esta ciudad. Ahora, el Tricolor es líder del Grupo A con seis puntos y cerrará la fase inicial frente a Chequia.




