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OAXACA, Oax., 11 de junio de 2026.- Julián Andrés Quiñones Quiñones nació el 24 de marzo de 1997 en Magüí Payán, un pequeño municipio enclavado en el departamento de Nariño, en el suroeste de Colombia.
Una tierra verde, húmeda, bella, pero también una zona marcada por la inseguridad y la falta de oportunidades.
Desde niño, el fútbol fue su refugio. Su madre Gloria no lo veía con buenos ojos, pero Julián jugaba cada vez que podía, a veces descalzo, en cualquier terreno que encontrara.
Fue un primo suyo quien vio que ese chico tenía algo especial. Le consiguió una prueba en la academia formativa Club Deportivo Fútbol Paz, fundada por César Valencia, un hombre que quiso ser futbolista, no pudo, estudió veterinaria, y canalizó toda esa pasión frustrada en formar jóvenes talentos.
César Valencia se convirtió en mucho más que un entrenador para Quiñones. Fue una figura paterna. "Para mí, Julián es motivo de orgullo", contó Valencia años después. "Él, como muchos otros chicos que se formaron acá, me dicen 'Papá César'. Hoy que ha triunfado, casi a diario sigue llamando o escribiendo." Gloria, la mamá, terminó dando su permiso. Y es quien este jueves hizo historia al anotar el primer gol del Mundial y el primer gol que anotó para el corazón de México.
Esos registros llamaron la atención de los exploradores de Tigres de la UANL, y con apenas 17 años, Julián empacó sus cosas, dejó Colombia y viajó rumbo a México siendo ya padre de su primera hija, una responsabilidad enorme para un adolescente.
En Tigres no encontró los minutos que buscaba. Lo cedieron a Venados y luego a Lobos BUAP, donde en 2017 y 2018 empezó a mostrarle al mundo de qué estaba hecho: fue el tercer máximo goleador del Apertura 2017 con nueve tantos, y añadió ocho más en el Clausura 2018. El gol le salía natural, como respirar.
En 2021 llegó el punto de inflexión de su carrera. Fichó por el Atlas de Guadalajara y ahí encontró el escenario perfecto para explotar. Junto al argentino Julio Furch formó una de las duplas más letales que ha visto la Liga MX en años recientes. Juntos llevaron a los Rojinegros a romper una sequía de más de 70 años sin título, y no se conformaron con uno: fueron bicampeones consecutivos, Apertura 2021 y Clausura 2022.
Hoy Quiñones es considerado uno de los jugadores históricos del Atlas. No es un calificativo menor para un extranjero naturalizado.
Después llegó el América, y con las Águilas tampoco paró. Se adaptó sin problemas a la presión de Coapa, se ganó a la afición y fue pieza clave en el Apertura 2023, anotando incluso el primer gol de la final que ganaron 3-0 ante Tigres. Luego vino el Clausura 2024. Cuando Julián Quiñones salió de México rumbo a Arabia Saudita, se fue con seis títulos de liga en la maleta.
Cuando en 2023 Quiñones ya era una figura consolidada en la Liga MX, dos selecciones lo querían al mismo tiempo: Colombia, su país natal, convocado por Néstor Lorenzo; y México, su país adoptivo, convocado por Jaime Lozano.
No dudó. Eligió México. Llegó de niño, construyó su vida aquí, sus hijos nacieron en territorio mexicano, y ese vínculo fue más fuerte que cualquier pasaporte de origen. En octubre de 2023 recibió su carta de naturalización. Un mes después debutó con el Tri, en una derrota 2-0 ante Honduras que no auguraba precisamente lo que vendría. Pero Quiñones nunca ha sido de los que se rinden ante un mal debut.
En julio de 2024 tomó otra decisión audaz: firmar con el Al-Qadsiah, un club recién ascendido a la Saudi Pro League, por 15.4 millones de dólares y contrato hasta 2029. Muchos lo vieron como un paso al costado. Se equivocaron.
Bajo la dirección del técnico español Míchel, Quiñones no solo se adaptó al fútbol de alto octanaje saudí, sino que lo dominó. Terminó la temporada con más de 30 goles, convirtiéndose en uno de los delanteros más efectivos del planeta. En algún momento de la temporada sus números superaron los de Cristiano Ronaldo en la misma liga, un dato que habla por sí solo. Acumuló 55 participaciones directas en gol entre anotaciones y asistencias en apenas 52 partidos. El club, convencido, le renovó el contrato hasta 2029 antes de que arrancara el Mundial.
Este jueves 11 de junio de 2026, en el Estadio Ciudad de México, ante 87,000 personas y millones frente al televisor en todo el planeta, Julián Quiñones escribió su nombre para siempre en los libros del fútbol.
Al minuto 8, Sudáfrica regaló en salida. Erik Lira presionó y le robó el balón a un defensor desprevenido. La pelota quedó viva y ahí estaba Quiñones, siempre en el lugar correcto. Amago, enganche, y un derechazo fulminante que pasó entre las piernas del portero rival y se fue al fondo de la red. El Azteca explotó.
Fue el gol número 2,721 en la historia de los Mundiales, y lo metió un colombiano de nacimiento que eligió México como su hogar, que llegó siendo casi un niño con una hija en brazos, que se fue a Arabia cuando nadie apostaba por él, y que respondió en el momento más grande de su vida con el remate más importante de su carrera.
Javier Aguirre apostó por él cuando muchos pedían otras opciones. Quiñones no falló. En la Selección había tenido pocas oportunidades y encima lo habían usado en posiciones que no eran las suyas. Hoy, en su gran día, en el partido más importante de su vida, fue él, el niño de Magüí Payán quien anottó el primer gol de una Copa del Mundo. No hay guión que lo supere.




