Viene de atrás Atlético Morelia-UMSNH y golea a León en la Copa Promesas
MORELIA, Mich., 2 de diciembre de 2025.- Cuarenta y ocho horas después del bochornoso episodio que obligó a suspender el Ajax–Groningen, finalmente este martes se reanudó el encuentro en la capital neerlandesa y terminó con un 2–0 a favor del cuadro local. Pero, en rigor, el marcador resulta irrelevante.
Lo que ocurrió hace dos días —y lo que simboliza— sigue siendo el verdadero tema: la incapacidad para contener a los grupos violentos que, en uno de los países que presume ser de los más civilizados del mundo, siguen poniendo en jaque a todo un sistema de seguridad.
El partido del domingo apenas cruzaba el minuto cinco cuando las bengalas comenzaron a caer desde la tribuna. No era un juego cualquiera. Se rendía homenaje a un aficionado que perdió la vida tiempo atrás, precisamente como consecuencia de disturbios vinculados al fanatismo irracional. Un minuto de duelo que, paradójicamente, terminó siendo interrumpido por el mismo tipo de turbas cuyo comportamiento debería estar erradicado de los estadios neerlandeses desde hace décadas.
El árbitro detuvo el partido y, tras largos minutos de incertidumbre, la decisión fue suspenderlo. Nadie podía garantizar que el estadio fuese un lugar seguro. Nadie podía prometer que la violencia no escalaría. Nadie —ni la policía ni la seguridad interna— parecía tener control real sobre la muchedumbre que manipulaba bengalas con absoluta impunidad.
Y ahí está el punto central. ¿Cómo es posible que Países Bajos, con todo su aparato de orden público, no pueda frenar a grupos perfectamente identificados que ya han demostrado ser peligrosos? ¿Qué más hace falta para que las autoridades reconozcan que sus protocolos no están funcionando? ¿Cuántas señales necesitan para asumir que la seguridad en los estadios se está quedando corta, que las medidas preventivas no están siendo suficientes y que la permisividad ha llegado a niveles alarmantes?
Volver al campo para jugar sin público, lo que restaba del encuentro, dos días después, fue poco más que un trámite deportivo. El Ajax ganó, sí. Marcó dos goles, también. Pero en el fondo, lo que queda en el ambiente es la sensación de un triunfo vacío, casi anecdótico ante el peso de lo que se vivió el domingo. El futbol neerlandés tiene un problema grave, urgente, evidente. Y seguirlo maquillando con resultados no hará que desaparezca.
Porque cuando ni el homenaje a un muerto logra disuadir a los violentos, lo que está fallando ya no es sólo la seguridad del estadio: es todo el sistema que debería impedir que estas historias se repitan. Y sin corregir eso, ningún 2–0 alcanzará para calmar la vergüenza encendida.
Nota legal:
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