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MORELIA, Mich., 31 de octubre de 2026.- La tradición michoacana de ofrendarles a los muertos viene desde mucho antes de la llegada de los españoles a esta parte de mundo, sin embargo, desde la época de la colonia registró transformaciones significativas a partir del sincretismo religioso, porque se le agregaron elementos significativos, como la cruz, por ejemplo.
Leticia
Hoy, por tanto, los altares de casa y las ofrendas de panteón son el resultado de transformaciones constantes a lo largo de los siglos, precisamente por ser una tradición viva y en constante movimiento, pongamos por caso el de Leticia, una enfermera de Tzintzuntzan, a la que se le ofrendan refrescos de cola, papas embolsadas de marca y flores de plástico.
Dinamismo
En vísperas de las celebraciones de Día y Noche de Muertos, los panteones de diversos destinos michoacanos empiezan a registrar un activismo inusual, éste durante el resto del año, habida cuenta que los lugareños se preparan para rendirle culto a sus seres queridos que ya forman parte del inframundo.
En ese contexto, también múltiples instituciones educativas, culturales, turísticas y religiosas les dan los últimos toques a sus proyectos de representación y divulgación de tradiciones y costumbres, propias de diversos pueblos michoacanos, preferentemente de los de la zona Lacustre.
La tradición
La costumbre de ofrendarle a los muertos a la manera en que se hace en la actualidad no tiene una antigüedad superior a los quinientos años en Michoacán, aunque ciertamente se pueden observar algunas reminiscencias de épocas prehispánicas, pero los tradicionalistas enarbolan otras teorías.
No son muchos los pueblos tarascos en los que la costumbre alcanza valores rituales inalienables, porque en la mayoría éstos han sido trastocados por criterios clientelares, de espectáculo lucrativo y factor de comercialización. Sin embargo, hay poblaciones como Tzintzuntzan, Ihuatzio, Cucuchucho, Tzurumútaro, Jarácuaro, Janitzio, Santa Fe de la Laguna y Cuanajo, en las que el evento anual es rico en valores y propuestas de una tradición viva y, por ende, en constante transformación.
Singularidades
Por tratarse de tradiciones vivas, en cada uno de los pueblos mencionados se registran novedades cada año, debido a que los lugareños incorporan a sus costumbres elementos y objetos de actualidad, lo que es perfectamente entendible, porque tiene que ver con lo que son, hacen, creen y acostumbran, de ahí que lejos quedaron las rigideces que ordenaban, más por posiciones de los académicos que de los lugareños, que se ofrendara con estricto apego a lo que ellos querían imponer.
Los altares y ofrendas de Cuanajo, por ejemplo, tiene la singularidad de sus caballitos cargados de flores, frutas de la temporada, comestibles y regalos para las ánimas; las de Tzurumútaro, es que la ofrenda de Noche de Muertos se hace en la privacidad del hogar, y en el panteón solamente se arreglan las tumbas con muchas velas y veladoras, flor de piedra y leyendas que hablan del amor al difunto; en Ihuatzio lo que no encuentra parangón son las canastas y servilletas, porque en ellas se pueden leer expresiones de amor, bordadas en punto de cruz, para el esposo, el hijo, la novia, el hermano y/o el padre y la madre; en Tzintzuntzan lo particular apunta al arco floral, que habla de si el difunto es nuevo (de menos de un año de fenecido) o no; etcétera.
Pongamos por caso el altar-ofrenda para don Juan Cornelio.
Por tratarse de una costumbre propia de Tzintzuntzan, el altar-ofrenda en honor de don Juan Cornelio Estrada, quien fuera hijo de pescadores y tuviera como oficios el de mariachi, carpintero y ebanista, tuvo fielmente determinados sus tres niveles (inframundo, mundo y cielo), se incluyeron los cuatro elementos del universo (tierra, agua, viento y fuego); el altar-ofrenda empezó en un sendero de flores que tuvo como fin que el ánima encontrara fácilmente el camino para donde sus deudos lo esperaban la noche del 1 de noviembre y la madrugada del 2.
Contó con un arco que precisaba que se esperaba al ánima de un muerto nuevo para su primera velada, ya que don Juan había fallecido el 4 de enero del año anterior; se le colocaron copaleros para purificar su espacio y alejar a los espíritus malignos; flores de cempasúchil porque a él le gustaban, y éstas forman parte de la costumbre, en virtud de que antes abundaban silvestremente en la zona del lago; fruta de temporada por razones obvias; y viandas de su gusto y disgusto, esto último porque durante muchos años de su vida se sujetó a una dieta rigurosa establecida por prescripción médica por su condición de diabético.
La creencia
Cuenta la vox populi, y también la académica, que se cree que la noche del 1 de noviembre regresan los angelitos, es decir, las ánimas de los niños y las niñas muertas, las de las señoritas y los jóvenes, adultos y ancianos que no contrajeron matrimonio; y que la madrugada del 2 de noviembre confluyen en panteones y lugares donde se les ofrenda a las ánimas de los fieles difuntos.
Se les espera con flores, viandas, sal, agua y todo aquello que era de su muy particular agrado en sus ingestas, como frutas, verduras, golosinas, bebidas y otros artículos de primera necesidad, entre los que no pueden faltar los de sus aficiones.
Se cree que las ánimas degustan lo que de comida y bebida se les ofrece, que por ello todo queda al día siguiente cabalmente insípido, porque les succionaron sus sabores, olores y nutrientes.
Sin embargo, es común que los oferentes repartan y compartan el 2 de noviembre entre amigos, familiares y conocidos, todo aquellos que les ofrendaron a sus muertos.
Atuendos y utencilios
Para especificar para quién es el altar, mismo al que se le ofrenda, se colocan prendar particulares del difunto. En el caso de don Juan Cornelio Estrada, estaban su sombrero, gabán, bastón, bicicleta (porque era ciclista guadalupano), su contrabajo, y algunas herramientas de su carpintería.
Y al centro del arco, ese que anuncia que se trataba de un muerto nuevo, estaba una fotografía de su persona, del que fue, del que ya no es, pero al que se le espera en ánima.
Un elemento fundamental en el altar es la cruz, porque alude a que el difunto era cristiano, ello, de manera natural, también habla de que la tradición tiene una antigüedad de no más allá de la época en que llegaron los españoles, aunque también se admiten las reminiscencias prehispánicas. Así sea.




