Alternan Fonseca y Gutiérrez, ganadores de la Copa Chenel, en San Miguel
En el universo de la fiesta brava se viven, aprecian y disfrutan rituales que tocan las fibras más sensibles de la mente, el alma y emoción como, por ejemplo, el sorteo, el vestir a un torero o el paseíllo; momentos pletóricos de riquezas que motivan sensaciones que se convierten en vibraciones que recorren en caudal los ríos de vista, venas y epidermis. Hay también rituales de una exclusividad y sello singular que sienta sus raíces en un tiempo y un espacio de la amplia geografía de la tauromaquia, como es la Procesión de la Virgen de la Caridad que se realiza en el redondel de la Plaza de Toros La Taurina, de Huamantla, pueblo mágico de Tlaxcala y nuestro México.
Acabo de vivir ese momento, ese ritual, esa veneración y ese espectáculo que es preámbulo a la Corrida de la Luces. Fue un momento de religiosidad, magia, movimiento, música y color en el que el embeleso aborda y conquista, motiva y emociona hasta el llanto y la sonrisa porque se cimbran cuerpo y espíritu por el prodigio de vivir lo que se vive, se ve, se siente y se aquilata. Todo inició en la puerta de cuadrillas por donde entró en andas la venerada Virgen de la Ascensión, rebautizada y amada en Huamantla como la Virgen de la Caridad desde hace siglos, porque a las puertas de su capilla se colocaban calzado y vestuario, semillas, frutas y verduras, así como enseres que la gente humilde elegía gratuitamente para su casa y su familia.
Previo al ingreso de la virgen por la puerta de cuadrillas se apagaron lámparas, focos y linternas y una vez que la oscuridad extendió su sarape negro se encendieron miles de velas que le dieron un marco amarillento y rojizo al escenario. Aquello dio la sensación de ser un enjambre maravilloso de cocuyos y luciérnagas que se habían citado para bordar con sus destellos el ambienta y la atmósfera para que la Virgen de la Caridad transitara circularmente al amparo de miles de miradas que seguían su paso azul y blanco por todo el redondel envuelta en las notas musicales del Ave María, de Schubert, tocado por un ensamble de teclados, violín y flauta transversal, con el canto maravilloso de la soprano tlaxcalteca Rossana Ramírez.
La procesión pasó sobre un singular tapete de aserrín teñido, de suyo una alegoría floral con el rostro de la Virgen de la Caridad al centro. Esto es que aquello era un todo de luz, movimiento y color que nutría de satisfacciones plenas a quienes tuvimos la fortuna de estar allí, de disfrutar de esa atmósfera y magia de una arte que, aunque efímero, se mantiene por siempre en la memoria y en el gusto de hombres y mujeres que fueron, fuimos, parte de ese ritual tan especial como único y original que solamente se vive una vez al año en el marco de la Feria del Arte Efímero y de la Dalia y al inicio de la Noche que Nadie Duerme, en la Huamantla que es Tlaxcala.
Procesión y ritual religioso y taurino que sublima por sus múltiples virtudes, que florecen en el alma y engalanan la mirada para que siempre se le tenga en el baúl de la memoria, donde se aquilatan los valores más portentosos que se hayan disfrutado. Sí, procesión y ritual de bellezas que emocional hasta el llanto y la sonrisa. Y eso solamente sucede en Huamantla al inicio de la Noche que Nadie Duerme, es decir la del 14 de agosto. Enhorabuena y… Así sea.




