Suman 237 mil 529 pañales entregados a madres por Seimujer
MORELIA, Mich., de abril de 2026. - Entre los uacusecha la muerte no siempre significó una separación definitiva entre quienes partían y quienes permanecían en la tierra. Y hoy, los herederos de Taríacuri se desprendieron de la tradición, por así decirlo, comercial para vestir de colores y de su cosmovisión la avenida Acueducto.
Con huarecitas vestidas de traje típico y los hombres con su vestimenta tradicional, salieron del jardín Morelos.
Pocos fueron los catrines y catrinas del Dr. Atl, pero si incienso, máscaras tradicionales y música de viento.
Los colores de las banderas de los pueblos originarias. Sombreros de palma. Panes de muerto, pero no con huesos. Figuras saladas y otras dulces.

Es el desfile purepecha de la preparatoria Prefeco, con bailarines tradicionales y hasta altares.
En la concepción religiosa de los antiguos purépechas, el mundo de los difuntos tenía sus propias regiones y divinidades; siglos después, en comunidades de la ribera del lago de Pátzcuaro, los rituales funerarios documentados muestran la importancia de acompañar al fallecido y sostener los vínculos familiares y comunitarios más allá de la sepultura.
Las diferencias entre ambas épocas son importantes. Las fuentes históricas y arqueológicas reconstruyen una concepción prehispánica del universo, mientras que los estudios etnográficos describen ceremonias marcadas por el catolicismo y prácticas locales. Sin embargo, ambas permiten explorar una pregunta común: qué lugar ocupa la muerte en la organización de la vida social.
En la cosmovisión descrita por la revista Arqueología Mexicana, el universo de los antiguos purépechas se dividía en tres regiones: Avándaro, el firmamento; Echerendo, la tierra, y Cumiehchúcuaro, el territorio de los muertos, situado debajo de la superficie terrestre.

El artículo explica que la muerte se denominaba uirucumani, expresión que traduce como yacer con Uhcumo o yacer en silencio. Uhcumo, identificado con el topo o la tuza, gobernaba el ámbito subterráneo de los difuntos. La presencia de estos animales en la representación del inframundo muestra la relación que se establecía entre el entorno natural y las fuerzas religiosas.
El destino de los muertos tampoco se describía como un espacio necesariamente uniforme. El texto menciona Uarichao, el lugar de las señoras, al que se dirigían las mujeres que morían durante el parto. Esta referencia apunta a una diferenciación de los destinos después de la muerte.
El fuego también desempeñaba una función central. Curicaueri, la deidad asociada con este elemento, ocupaba un lugar destacado en la vida religiosa, y las hogueras servían para quemar ofrendas cuyo humo simbolizaba el contacto con las divinidades. De acuerdo con el artículo, el cadáver del cazonci, el gobernante supremo, recibía el honor de la cremación, un tratamiento relacionado con su posición política y religiosa.
La relación con los difuntos no se limita, sin embargo, a las reconstrucciones del mundo prehispánico. El estudio El paisaje de los muertos: tres cementerios purépechas de la región lacustre de Michoacán, de Gabriela Servín Orduño y Cindy Vanessa Olvera Camacho, documenta prácticas funerarias en Tzintzuntzan, Cucuchucho y Arocutín. Sus autoras describen comunidades en las que la preparación del cuerpo, el velorio, la sepultura y el acompañamiento colectivo forman parte de la despedida.
En estas localidades, la muerte moviliza a familiares y vecinos. En Cucuchucho, según el estudio, los habitantes ayudan a conseguir alimentos y leña, mientras la familia se ocupa de preparar el cuerpo. Las tareas se distribuyen de acuerdo con las relaciones familiares y, en determinados casos, con el sexo y la edad de la persona fallecida.




