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MORELIA, Mich., 2 de septiembre de 2025.- Entre las leyendas del panteón de dioses purépechas hay una que destaca, el castigo a una mujer perezosa, que dejó su forma humana para ser un achójki-achoque-, quedando para su recuerdo únicamente unas branquias que figuran el cabello largo de su pasado.
Armando González Alejo, pescador y líder de la granja La Pacanda, nació en esta isla del pueblo purépecha, y relató a Quadratín una de tantas leyendas que escuchó sobre el achoque o achójki, en su lengua materna. Anfibio que hoy lo mantiene más que ocupado.

No hay certeza sobre el año en que comenzó a relatarse a los niños, pero por la estructura del relato podría ser prehispánica.
A bordo de lancha, y dando una sacudida a sus memoria, recordó, “dicen que había una mujer de singular pereza que habitó las islas del lago y a la que Dios castigó”.

La susodicha pasaba sus días sin preocupaciones, disfrutando de la neblina y la llovizna, típicos del frío entorno lacustre. La mujer, ajena a las labores cotidianas, dedicaba sus jornadas al descanso y la inactividad.
Ante tal desidia, Dios-cristiano-o Curicaueri, el dios principal, determinó imponer un castigo ejemplar. Consideró que la ociosidad de la mujer debía transformarse en utilidad para la comunidad. Así, decretó su metamorfosis en achoque, con branquias largas y coloridas que con el movimiento de la cabeza en el agua parece una larga cabellera rojiza o castaña, según el reflejo de la luz sobre el agua.

El dios que concibió tan peculiar castigo determinó que, en su nueva forma, la mujer serviría a los hombres. Durante siglos, el achoque fue consumido como un animal medicinal, aprovechando sus propiedades curativas. De esta manera, la pereza se redimió en beneficio para la comunidad.
Pero no es para menos. El achójki es un anfibio muy peculiar, capaz de regenerar su cuerpo. Lo mismo puede perder parte de la cara, cabeza o extremidades y se recupera.
No obstante, el achójki no posee la capacidad de ser eterno ni mantenerse con vida para siempre, es entonces cuando entran en su rescate Armando González Alejo y los miembros de granja La Pacanda, purépechas convencidos en que pueden rescatar esta especie en riesgo.




