“Ay Uruapan, cuánto duele”, recuerdan a Carlos Manzo con corrido
MORELIA, Mich., 7 de agosto de 2026.- Eran alrededor de las once de la mañana cuando me enteré.
En una de las mesas del restaurante del Hotel Beroa, Francisco Alejandro García, auditor de Quadratín, confirmó la noticia.
Don Carlos Garfias Merlos, el artesano de la paz, había partido.
A mi memoria acudió un caudal de recuerdos.
Aunque soy católico de formación, hace muchos años me alejé de la práctica religiosa. Sin embargo, cada vez que veía o escuchaba a don Carlos, algo se renovaba: cierta convicción, cierta fe en la institución.
Rara vez escribo en primera persona. Pero la partida de un hombre como monseñor Garfias obliga a poner en orden los recuerdos y los contextos.
No recuerdo haber conocido a alguien que hablara mal de él.
Era un hombre de presencia imponente y carácter sereno. Caminaba con las manos entrelazadas sobre la sotana. Bonachón. De rostro afable. Siempre con una sonrisa y siempre con una respuesta.
Jamás negó una entrevista. Siempre atendió a los medios. Conocía la agenda pública y, muchas veces, la marcaba. Era filósofo y teólogo, pero también entendía el lenguaje de la política.
Comprendía igualmente los temores y necesidades de sus fieles, y procuraba ofrecerles esperanza.
Hombre de fe y profundamente comprometido con la labor pastoral, nunca permaneció ajeno a la vida pública.
Fue una voz incómoda para más de un gobierno. Denunció el abandono de las comunidades desplazadas por la violencia y reclamó atención para quienes quedaban atrapadas entre las disputas territoriales de los grupos criminales.
Durante una década encabezó la Arquidiócesis de Morelia y, al mismo tiempo, ocupó la vicepresidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Era una voz influyente, respetada y escuchada.
Su paso por Michoacán también estuvo marcado por la polémica. Defendió la necesidad de explorar el diálogo como una vía para construir paz, incluso con la intermediación de la Iglesia, ante la evidente insuficiencia del Estado para devolver la tranquilidad a numerosas comunidades.
Aquella postura le generó desencuentros con distintos actores políticos, que reivindicaban el carácter laico del Estado y sostenían que cada institución debía mantenerse dentro de su ámbito de competencia.
Pero Garfias Merlos nunca renunció a su convicción de buscar la pacificación de Michoacán, aunque el camino propuesto resultara incómodo o poco ortodoxo.
Siguió adelante.
Llegó a Morelia con una larga experiencia en regiones castigadas por la violencia. Antes había servido en la diócesis de Altamirano y en la Arquidiócesis de Acapulco. En ambos lugares enfrentó la misma realidad: comunidades olvidadas y grupos criminales imponiendo condiciones.
Todavía hace unas semanas, en la explanada de la Catedral de Morelia, abrió las puertas del recinto para el arranque del Plan Michoacán, impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum tras el asesinato de Carlos Manzo.
Aquella imagen resumía buena parte de su vida pública: botas militares y fusiles conviviendo con sotanas bajo un mismo propósito, la paz.
Para entonces, su salud ya se encontraba visiblemente deteriorada.
Durante la pasada Semana Santa me tocó cubrir el Viacrucis. Monseñor recorría el trayecto en silla de ruedas. A sus 75 años le costaba ya desplazarse por sí mismo. El Covid 19 le había dejado secuelas profundas, después de permanecer semanas hospitalizado e intubado.
Nunca volvió a ser el mismo.
Carlos Garfias fue, ante todo, un soldado de Dios. Pero también un soldado de la paz.
Hoy Michoacán pierde a una de sus voces más escuchadas, más respetadas y, también, más valientes.
Descanse en paz.
Y que una oración acompañe su memoria.




