MORELIA, Mich., 14 de noviembre de 2015.- Entre los distintos cánceres, el más común en las mujeres es el de mama: anualmente ocasiona en todo el planeta alrededor de un millón y medio de casos y más de 500 mil muertes. En México es responsable de unos 20 mil casos y unos cinco mil decesos al año.

Según un comunicado de prensa, se asocia a estilos de vida relacionados con mayores niveles de desarrollo, por eso es más frecuente en países del primer mundo. En cuanto a nuestra nación, aparece más en estados con ingresos altos, como los del norte, y en el DF.

En territorios desarrollados el porcentaje de supervivencia observada a cinco años del diagnóstico es muy alto, mientras que en los menos avanzados es bajo; esto se debe básicamente a dos cosas: a que en estos últimos los casos se diagnostican en etapas clínicas avanzadas y a que el acceso a los tratamientos es mucho más difícil que en los primeros, señaló Karla Unger Saldaña, maestra y doctora en Ciencias de la Salud por la UNAM.

Historia natural

La historia natural del padecimiento se desenvuelve así: una persona con un cuerpo y células normales de pronto se expone a factores de riesgo que provocan que aquéllas muten y se desencadene una enfermedad que al principio no es sintomática. De este modo, no se percata que lo tiene hasta varios años después, hasta que se consolida y se manifiesta por primera vez.

Por lo que se refiere al de mama, el primer síntoma generalmente es la aparición de una bolita; sin embargo, para que una mujer pueda palparla debe medir, por lo menos, un centímetro de diámetro (se ha estimado que en ella caben mil millones de células). Esto significa que mientras se ha sentido bien, saludable, el cáncer ha crecido silenciosamente en su interior durante años.

Entre más crezca la bolita, más fácilmente puede erosionar y soltar células cancerosas, que se diseminarán a través de los vasos sanguíneos y linfáticos. Y lo más probable es que los ganglios de la axila sean el primer lugar al que se vayan.

Si sigue en progreso se puede ir a cualquier ganglio de la zona, hasta el cuello, y de no detenerse hará metástasis, esto es, se propagará a cualquier órgano del cuerpo. Por lo general se va a huesos, pulmones, hígado y cerebro, en ese orden.

La investigadora cátedra Conacyt, del Instituto Nacional de Cancerología (INCan), e integrante de la Asociación Mexicana contra el Cáncer de Mama, donde colabora en el diseño, coordinación y evaluación del impacto de los programas dirigidos a promover la detección oportuna en poblaciones con vulnerabilidad social en nuestro territorio, señaló que existe un estudio radiológico que permite adelantar un poco el diagnóstico antes de que aparezca el primer síntoma.

Se trata de la mastografía, “con la que es posible descubrir cambios en la arquitectura de la mama que podrían sugerir que ahí podría gestarse un cáncer”.

Etapas clínicas

Las etapas clínicas reflejan qué tan avanzada está la enfermedad en el momento del diagnóstico. Van de 0 a IV. La etapa 0 corresponde al carcinoma in situ, es decir, antes de que sea invasor, cuando está como encapsulado y no ha cruzado la membrana basal; y la IV señala que ya hay metástasis en órganos a distancia. A medida que sea mayor, las probabilidades de supervivencia observada a cinco años del diagnóstico disminuyen.

En el de mama, una vez que se confirma su presencia, las etapas clínicas son establecidas por el oncólogo a partir del tamaño del tumor primario (la primera bolita que sale en una mama); del número de ganglios linfáticos de la región (axilares, mamarios y del cuello) que estén involucrados; y de la metástasis en órganos a distancia.

En las fases I y II las probabilidades de supervivencia a cinco años del diagnóstico están por arriba de 90 por ciento; en la III disminuyen a cerca de 70 por ciento; y en la IV, a 20 por ciento. Además, conforme la fase clínica es mayor en el momento del diagnóstico, el tratamiento resulta más costoso.

Hay que tener en cuenta que las pacientes en la IV no se curan, sólo reciben tratamiento mientras siguen vivas, a diferencia de las que están en las I y II, que son tratadas un año y sí se restablecen. Para un sistema de salud como el nuestro, en el que los recursos son limitados, la atención temprana hace una gran diferencia, subrayó.

En países de altos ingresos como Suecia, Noruega, Reino Unido y Estados Unidos, casi 90 por ciento de los casos se diagnostican en etapas I y II; en cambio, en otros como Nigeria e India, se hace en las III y IV. En México, la mitad de ellos en I y II, y el resto en III y IV.

Investigación

Cuando hizo su servicio social en investigación de medicina en el INCan, a Unger Saldaña le llamaba la atención el hecho de que muchas pacientes que acudían a esa institución eran diagnosticadas en etapas clínicas avanzadas.

“Se les hacía la valoración y cuando veían cuánto les costaría la quimioterapia, literalmente se regresaban a su casa a morirse. No podían pagarla”, recordó.

Esto fue lo que la motivó a tratar de dilucidar las causas por las cuales esas mujeres llegaban tan tarde a consulta y tratamiento.

“Ahora ya está comprobado que un retraso de más de tres meses entre que la paciente identifica el problema y se inicia el tratamiento trae como consecuencia un menor tiempo de supervivencia. Este retraso se divide en dos intervalos: el primero, que corresponde a la paciente, va desde que ésta identifica el problema hasta que consulta por primera vez a un médico; y el segundo, que corresponde a los servicios de salud, va desde esta consulta hasta el inicio del tratamiento”.

En una investigación que realizó recientemente, en la que participaron mujeres con cáncer de mama atendidas en cuatro hospitales del DF (de la Secretaria de Salud, el INCan y el Hospital General de México; del IMSS, el Hospital de Gineco-Obstetricia número 4 y el Hospital de Oncología del Centro Médico Nacional Siglo XXI), la universitaria reconoció cuatro dimensiones que son fundamentales en las trayectorias de búsqueda de atención de estas pacientes.

La primera es la interpretación de los síntomas y la toma de decisiones que lleva a cabo la mujer; la segunda, la interacción que establece con otras personas de su red social, con quienes “rebota” lo que le pasa y a quienes pide consejo y apoyo; la tercera, la utilización que hace de los servicios de salud y que termina idealmente con su llegada rápida a un hospital oncológico; y la cuarta, el contexto sociocultural en que está inserta y que influye sobre las restantes dimensiones.

Sus experiencias previas con otros pacientes, sus conocimientos y creencias al respecto y acerca de los servicios de salud, y sus convicciones religiosas, influyen en la manera en que interpretará los síntomas una vez que los identifiquen. Con este contexto comenzará un diálogo consigo misma en el que, antes de decidir qué va a hacer, se tratará de explicar qué tiene.

La investigación de Unger Saldaña documentó que hay una media de siete meses entre la identificación del problema y el inicio del tratamiento. Sin embargo, la media que las pacientes dejan pasar para acudir al médico es de tan sólo 10 días; es decir, ellas no postergan tanto la búsqueda de atención como se creía.

“El retraso fundamental ocurre en el intervalo comprendido entre la primera consulta y el inicio del tratamiento, el cual tuvo una media de cinco meses. Al parecer, se enfrentan a problemas de acceso y de calidad en la atención que les dificultan transitar del primer nivel de atención al tercero”.

Así pues, la principal aportación de esta investigación, publicada en julio pasado en la revista Cancer bajo el título Health system delay and its effect on clinical stage of breast cancer, fue demostrar que cada mes adicional de retraso en la atención conlleva 1.8 por ciento más de probabilidades de que la paciente sea diagnosticada en etapas avanzadas.