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MORELIA, Mich., 25 de febrero de 2026.- En México, el desperdicio de alimentos, como tortillas, carne y arroz, representa un impacto económico y ambiental de gran magnitud, advirtió Luis Fernando González Martínez, investigador de la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El especialista, en un artículo para UNAM Global, explicó que existe una diferencia entre pérdida y desperdicio. La primera ocurre desde la cosecha, el almacenamiento y el traslado hasta que los productos llegan a los puntos de venta; la segunda se registra en etapas de distribución comercial y consumo en los hogares. Ambos fenómenos, subrayó, generan consecuencias económicas y ambientales relevantes.
En México, los hogares con menores ingresos destinan alrededor de 50 por ciento de su gasto total a alimentos, proporción que puede elevarse hasta 65 por ciento en periodos festivos del año, como Navidad y Año Nuevo. En contraste, en los hogares de mayores ingresos el gasto en comida representa cerca de 28 por ciento del total.
De acuerdo con el documento Pérdidas y Desperdicios de Alimentos en México, publicado en 2013 por el Banco Mundial, cada año se desaprovecha 28.7 por ciento de las tortillas; 43.1 por ciento del pan blanco; 35.4 por ciento de la carne de res; 37.2 por ciento del arroz; 38.7 por ciento del pescado; 48.7 por ciento del camarón; 43.1 por ciento de la leche y 40.2 por ciento de la carne de cerdo.
A escala global, añadió el investigador, alrededor del 30 por ciento de los alimentos se pierde o se desperdicia. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 14 por ciento de los comestibles -con un valor aproximado de 400 mil millones de dólares- se pierde entre la cosecha y la distribución, mientras que 17 por ciento se desperdicia en la distribución y en los hogares.
El impacto no es únicamente económico. Al descomponerse en rellenos sanitarios, los residuos orgánicos generan metano, un gas de efecto invernadero que contribuye al calentamiento global y a fenómenos climáticos extremos, como sequías e inundaciones. Datos del Banco Mundial indican que esta práctica genera alrededor de 36 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, una cantidad comparable a las emisiones de casi 16 millones de automóviles.




