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MORELIA, Mich., 7 de marzo de 2022.- Luego de cuatro generaciones de afiladores, de heredar el oficio de padre a hijo, Gustavo Damián, va a jubilar a su familia, sin hijos ni sobrinos interesados en el oficio, ¡no más silbidos con la flauta de pan!
Gustavo Damián es un afilador moreliano, nacido y criado entre las calles de la colonia Ventura Puente, en condiciones de vulnerabilidad, el oficio que su padre le enseñó a los 15 años le permitió conocer varios puntos del Estado, hoy, a sus 62 años, con el cuerpo enjuto y cansado, tiene la certeza de que será el último de los afiladores de su familia.
“Comencé a aprender el oficio a los 15 años, ya trabajaba, pero mi papá me enseñó. Nos íbamos por allá, por Uruapan y Apatzingán”, declaró probablemente no sólo el último afilador de su familia, quizás de los últimos de la ciudad.
Con las manos sucias por el chocar de la piedra contra un cuchillo cebollero, sonríe, recuerda con cariño como aprendió el oficio y con orgullo saber que lo que queda de la vieja máquina que lleva, fue de su padre y probablemente también de su abuelo.
“Tengo muchos años trabajando en esto, en todo Morelia; aprendí el oficio de mi papá, y el de mi abuelo, y antes de eso mi bisabuelo se dedicaba a esto. Esta máquina -ya con piezas improvisadamente soldadas- era de mi papá, me la dejó hace más de 20 años”, añadió el afilador.
Este oficio tan antiguo poco a poco ha ido perdiendo espacio en el ancho mar de la ciudad y crecientes avances tecnológicos, ya cada vez menos ofrecen el servicio y también menos la demandan, el mercado está lleno de objetos que se pueden utilizar con facilidad y prometen afilar desde un cuchillo hasta las tijeras, dejando sin trabajo a los hombres que con su bicicleta y su flauta de pan recorrían las calles.
Gustavo Damián todavía sale a ofrecer sus servicios, a muy bajo costo.
“Hoy fue un día flojo, llevo cuatro afiladas, a 10 pesos cada una; barato, porque unos cobran 40 o 50 pesos, se aprovechan, ¿para qué?”, cuestionó.
Sin hijos y sin parientes interesados en seguir el oficio, reconoce que no habrá nadie más que herede el artilugio que empuja con sus manos, poniendo fin a varias generaciones de afiladores.




