MORELIA, Mich., 18 de enero de 2017.- El Padre Pistolas no tuvo ni empacho ni se inmutó; se fue directo al grano y le gritó al gobernador, Silvano Aureoles, hasta el palco de honor: 

“¡Es la segunda vez que te veo en misa, cabrón!”

Silvano solo le había saludado. Le gritó ¡padre!, con la mano extendida.

El hecho despertó risillas entre los acompañantes del palco, Adriana Hernández, Pascual Sigala, Medardo Serna y un gran número de reporteros.

El mandatario solo se sonrojó. Y reiteró el saludo, sabedor quizá del carácter y comportamiento del cura.

El hecho quizá ahí hubiera quedado. Pero no. Fue en plena eucaristía que dio paso a la unción del arzobispo, Carlos Garfias Morelos, nuevo titular del arzobispado de Morelia y sus alrededores.

Recién el nuncio apostólico, Franco Coppola hacía la unción, el famoso Padre Pistolas hacía de las suyas, delante de feligresas, de esas de edad más que madura que buscan la salvación a través de la oración y el acercamiento con la iglesia.

El cura, de alta estatura, ataviado con una sotana blanca en vivos amarillos, sonrió y se retiró. 

Iba, paradójicamente, a la etapa de la comunión, la toma de la hostia, al igual que decenas de obispos, arzobispos, seminaristas, monjas y feligreses.

Antes, el mandatario y sus acompañantes mantuvieron la posición de representantes de estado, en pleno respeto a la separación Iglesia-Estado, al constituyente.

Solo a la diputada priísta, Adriana Hernández, a la ex primera dama, Margarita Zavala y a la esposa de Alfonso Martínez, únicas mujeres en la primera línea, se les veía cómo movían los labios cuando se dio espacio al credo y a la oración del padre nuestro.

Todos estaban atentos a que los políticos se persignaran durante la bendición de la eucaristía. No fue así.

También estaban atentos a la entrega de las limosnas. Tampoco fue así. 

Los pequeños canastos en los que se deposita el denominado diezmo, no pasaron por las manos de los políticos, quién sabe por qué.

Ellos se mantuvieron firmes.

Solo pensativos cuando el nuevo arzobispo dio un mensaje emotivo, vibrante, sensible.

Garfias Merlos habló del entorno de inconformidad social, del crimen que mantiene el pie en el cuello de la sociedad, de la corrupción de la clase gobernante; del abandono de los indígenas, campesinos y migrantes: de los jóvenes que son presa de las bandas delincuenciales, de la falta de oportunidades, de la pobreza… de todo un ejército de jinetes apocalípticos.

Ante ello, lanzó la convocatoria, el exhorto a la conjugación de esfuerzos para construir la paz, la estabilidad, la recuperación de espacios… a construir una vida digna en un marco de coexistencia pacífica a través de la reconversión de Cristo.

Concluido el mensaje, Poncho Martínez salió presuroso, acompañado de su esposa. No esperó el final de la liturgia, tampoco la bendición, bendición que quizá la haga falta para enderezar la nave, una nave hundida que se llama Morelia y en la que 2016 fue un año que se fue en blanco.

Fueron 2 horas y 40 minutos de evento religioso. 

Espacio suficientes para condonarle las misas de medio año a Silvano.