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MORELIA, Mich., 9 de marzo de 2026.- La esquina que forman las calles Alberto Alvarado y la Avenida Universidad son, desde hace tiempo, el sitio donde vende don Abel Zamudio, un hombre de 86 años que le oferta a la gente que pasa por ahí mazapanes y alegrías. Tiene poco tiempo que regresó porque sufrió una caída y tuvo que ser operado.
El hombre de muy lento andar, se apoya de un bastón para resolver en algo su movilidad. La gente de los alrededores ya lo ubica muy bien, es un octagenario trabajador que busca un modo de vida, después de que por muchos años se dedicó al campo e incluso a la construcción.
El hombre no recuerda qué día es su cumpleaños, solo sabe que nació en 1940, y que este 2026 cumple 86 años. Sigue vendiendo tras el accidente, pero no le ha ido como él quisiera, "solamente llevo una caja y tres mazapanes, ya es tarde, ahorita llevo unos aguacates para comer", explica.

Reconoce que su nieta de nombre María del Carmen, no quiere que él siga trabajando, "pero qué más hago, ella también va a trabajar", dice y cuenta que desde los 5 años tuvo que empezar a trabajar porque en aquel entonces quedó huérfano, así que trabajar es algo que sigue haciendo muchísimos años después.
Él sabe que nació en Michoacán pero tampoco recuerda en qué municipio. Asegura que desde muy chico se metía a trabajar al cerro, "me crié entre cerros".
Está temeroso de que pueda ocurrirle otra caída, "ni Dios lo quiera", se encomienda. Para evitar eso tiene que moverse al pasito, "ahí les pido de favor que me suban por ahí por la banqueta, porque ahí dejo con don Luis mi carrito y me voy para la casa en Uber cuando va bien pero son bien encajosos, así que agarro una rosa (combi) y me bajo donde se hace el tianguis el día domingo y el miércoles, y ahí agarro la verde oro", cuenta.
Todos los días trabaja porque todos los días come, así de contundente y clara es su filosofía, no hay más. Porque lo que hace sí le cuesta un trabajo por su edad pero no es muy complicado, "esto es fácil, trabajo en el campo y andar de pie de macuarro como un albañil, eso sí es chinga" dice sollozo.
Sin embargo va develando otra razón muy importante para seguir trabajando: no quedarse solo en casa, porque al estar ahí encerrado se va más rápido la vida, "prefiero trabajar hasta que Dios me diga: "vente para acá".




