MORELIA, Mich., 19 de enero del 2017.- “A palabras necias, oídos sordos”, versa el refrán que aconseja ignorar comentarios imprudentes, y esa precisamente es una de las principales herramientas que aplican las mujeres en Morelia cuando son víctimas de hostigamiento en la calle, al no tener más opción.

El acoso en la calle en contra de las mujeres es un tema diario. Las miradas lascivas, chiflidos, chitar en público, gritar calificativos como ‘mamacita’, ‘sabrosa’, tocar, rozar y hasta mostrar los genitales o masturbarse enfrente de las chicas son el pan diario.

No obstante, ante las faltas de respeto, ignorar a los agresores, usar aparatos de sonido, cambiarse de banqueta o moverse de sitio son las únicas opciones de las mujeres, ya que por no tener iguales condiciones físicas para defenderse no pueden enfrentar a su agresor.

En un sondeo hecho por Quadratín confesaron que, en general, les intimida el encontrarse solas en la calle con un grupo de hombres, por lo que optan por cambiarse de acera.

Trascendió que a pesar de sentirse incomodas con los piropos subidos de tonos en la calle o que las “mamaceen”, como se dice coloquialmente, ven esta práctica como algo corriente y ordinario.

Y empero de que les molesta, no ven el modo de acabar con las agresiones. Así que comienzan a verlo como algo natural, común y corriente, como es el caso de Liliana, que si bien entiende que se trata de un acto de violencia contra el género femenino, lo asume como algo normal.

“Me han gritado cosas en la calle, como a toda mujer”, refirió.

En el mismo sentido fueron los señalamientos de Janeth: “cuando era más chica me hicieron comentarios obscenos relativos al busto de la mujer”.

Los comentarios, que se presume intentan “halagar” la belleza femenina y cuyas frases se les adjudica a los albañiles, intimidan en general a las mujeres, pero son un tipo de violencia que no está penado en México y no hay modo de sancionarlo, ya que recabar las pruebas se vuelve una tarea imposible.

Casos semejantes se viven en el acoso escolar y laboral, como le ocurrió a Patricia Escobar, que refirió haber sido obligada por su profesor de Historia de México, adscrito a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, a masturbarlo, pero que nunca se le hizo justicia.

“Después de que me obligó a masturbarlo lo hablé en la escuela, pero nunca lo sancionaron. En cambio, él siguió molestándome. Me sacaba del salón de clases diciendo que ocupaba le ayudara en sus clases. El único modo de acabar con su hostigamiento fue pedirle a un amigo que se hiciera pasar por mi novio”.

En México no existe una cifra oficial de cuántas mujeres son víctimas de acoso callejero.