Coloca Nalleli Pedraza inclusión y discapacidad en su agenda legislativa
MORELIA, Mich., 13 de abril de 2026.- Lo que está en análisis en la Comisión de Puntos Constitucionales del Congreso de Michoacán no es solo un reconocimiento simbólico, sino la posibilidad de obligar por ley a rediseñar espacios públicos, servicios y trámites para personas de talla baja.
El diagnóstico del que parte la reforma es claro, el problema no es la condición física, sino un entorno construido para una estatura promedio que excluye de manera sistemática. Hoy, una persona de talla baja puede enfrentar desde la imposibilidad de usar un cajero automático, hasta barreras para acceder a una ventanilla, transporte o incluso servicios de salud en condiciones dignas.
De aprobarse, el reconocimiento constitucional implicaría que negar accesibilidad o no realizar ajustes razonables podría considerarse discriminación, lo que abre la puerta a exigibilidad legal y responsabilidades para autoridades y particulares.
En términos prácticos, la reforma obligaría a incorporar adaptaciones en edificios públicos y privados, escuelas, hospitales, bancos y transporte. Esto incluye desde modificar alturas de mostradores y señalización, hasta garantizar infraestructura accesible y medidas específicas como el uso de escalones universales en espacios de atención.
También impactaría en políticas públicas, el Estado tendría que diseñar programas específicos en empleo, educación y salud, además de generar estadísticas propias, algo que hoy no existe y que impide dimensionar el problema en Michoacán.
El alcance no es menor. La iniciativa plantea incluso que planes de desarrollo urbano y ordenamiento territorial incorporen criterios obligatorios de accesibilidad, lo que implicaría rediseñar ciudades que hoy están pensadas para adultos y automóviles, no para personas con distintas condiciones físicas.
El rezago es evidente. Más de 11 mil personas de talla baja enfrentan barreras que les impiden ejercer plenamente sus derechos en México, pero no hay registros oficiales ni políticas focalizadas, lo que mantiene el problema en la invisibilidad institucional.
En el fondo, lo que se discute no es sólo un nuevo concepto en la Constitución, sino si el Estado está dispuesto a convertir la inclusión en obligación operativa, adaptar espacios, modificar servicios y destinar presupuesto, o mantener el reconocimiento en el papel.