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MORELIA, Mich., 20 de enero de 2026.- El cruce entre el exgobernador y actual legislador federal, Leonel Godoy Rangel, y el dirigente estatal del PRI, Guillermo Valencia, derivó en un episodio donde el silencio, la burla y la descalificación personal terminaron por desplazar cualquier debate serio de fondo.
Luego de que Godoy despachara los señalamientos del priísta con la frase “no me merece comentarios, ni siquiera voltear a ver”, Valencia respondió con una mezcla de sátira y acusación directa, ridiculizando la metáfora del exmandatario, quien había dicho que “un león no caza ratones”.
Para el líder del PRI, la imagen no sólo fue errónea, sino involuntariamente reveladora: “Leonel Godoy es una ratota, más bien parece capibara”, ironizó, al asegurar que hay ratones pequeños y “ratotas grandotas”, categoría en la que colocó al exgobernador.
El priísta pasó de la burla al señalamiento frontal al calificarlo como delincuente y acusarlo de violar la ley al ostentarse como doctor sin contar, dijo, con cédula profesional.
“Aquí lo exhibimos como un violador de la ley, porque violó la ley al ostentarse como doctor cuando no lo era”, afirmó, al tiempo que sostuvo que, tras una revisión nocturna, el registro no aparecía.
Según Valencia, la situación cambió con una rapidez que contrastó con la experiencia de miles de profesionistas.
Tras una rueda de prensa realizada el 14 de enero, aseguró, para el día siguiente ya estaba disponible la cédula del exmandatario.
“A este delincuente le bastaron unas cuantas horas”, dijo, comparándolo con jóvenes que tardan meses o años en obtener el mismo documento.
El tono mordaz no ocultó el fondo político del intercambio. Mientras Godoy optó por el desdén como forma de respuesta, Valencia convirtió la sátira en arma discursiva, aludiendo incluso a universidades públicas y a supuestos privilegios derivados del poder.
El resultado fue un choque donde uno eligió callar y minimizar, y el otro exagerar y ridiculizar.
Así, entre el “no vale la pena voltear a ver” y la “ratota capibara con toga”, el episodio dejó al descubierto no sólo la profundidad de la animadversión mutua, sino también una escena política en la que el ruido, la ironía y el descrédito personal terminaron por sustituir cualquier intento de discusión sustantiva.




