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Foto: Archivo

Sin gafete/Isabel Arvide

Isabel Arvide/Quadratín
 
| 14 de febrero de 2018 | 17:53
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LAS ARENGAS DESFASADAS

¿Disculpó José Antonio Meade al líder del PRI, Enrique Ochoa Reza?
Tal vez, pero no fue suficiente para detener las repercusiones de lo que, oficialmente, calificaron como una arenga emocionada.
¿Por qué tenía que referirse a los “prietos” con ese desdén? ¿Para qué el albur, grosero, innecesario de que “ya no aprietan”?
Es obvio que Ochoa, tan medido en su papel de tecnócrata que apenas recordamos alguna declaración en su paso por la CFE, no utiliza en su vida cotidiana ese lenguaje. No fue lo que aprendió en su casa donde, obvio, no convivió con mecapaleros.
Entonces, insisto, por qué hablar así en Tabasco. Con resultados nefastos, además.
¿Quiénes son los asesores de comunicación que están llevando al PRI al peor despeñadero?
Si estudiamos, así sea superficialmente, el lenguaje de Andrés Manuel vamos a encontrar una constancia, una permanente congruencia con sus raíces tabasqueñas, un modo de hablar coloquial que nunca ha cambiado en su exposición pública. Y que la gente reconoce, que le ayuda a identificarse.
Supongo, ese es el único análisis posible, que en la desesperación producto de las encuestas que no les favorecen, en los “cuartos de guerra” de la campaña presidencial priista decidieron “cambiar el lenguaje”, aterrizarlo ante el electorado. Y, sigo en los supuestos, se les hizo fácil llevar el “yo mero” de Meade a todos los discursos.
Sin darse cuenta de lo fácil que es traspasar la delgada línea que separa lo “populachero” de lo vulgar, y todavía peor, lo vulgar de lo inaceptable, del agravio.
En paralelo al discurso de “un México más chingón” que debería despojar del lenguaje tecnócrata y elitista al “candidato ciudadano”, el señor Ochoa Reza tuvo la ocurrencia de referirse a los “prietos” como sinónimo de despreciables, de los que están abajo en la apreciación social elitista.
Asumió, porque él mismo subió su discurso en vídeo a Tuiter, que esto habría de acarrear popularidad, a su persona y al PRI. Fue todo lo contrario. ¿Por qué? Muy simple, porque agravió a una gran parte de los mexicanos. A quienes siempre han sido discriminados por “prietos”, por morenos, por indígenas, por no ser parte de la “nata” gobernante que se asume “blanca”.
Grave ofensa social que no han podido remontar. Que ha sido tan magnificada en redes sociales que consiguió, paradójicamente, poner en un plano muy secundario al albur grosero de “ya no aprietan”, que, para muchos, yo entre ellos, ejemplifica un tono de carretonero inaceptable en una arenga política.
Ochoa Reza no habla así. Meade tampoco pude identificarse con un vendedor de merengues que se echa volados y suelta palabrotas. No son así. Y si insisten en negarse a sí mismos, van a fracasar. Lo que les urge, a Meade, a Ochoa Reza, a los priistas, es cambiar de asesores. Conseguir a expertos en la realidad mexicana que, por lo menos, hayan leído a Octavio Paz.
Porque con esos colaboradores no necesitan enemigos…