MORELIA, Mich., 25 de octubre de 2013.- Desempeñarse como jefe del Ejecutivo en la entidad, implica que dirigirá el consenso público; que promoverá entre otras cosas leyes; que cuidará y aumentará el tesoro público; que mejorará los servicios, en fin, que hará uso de lo que tenga a su alcance y desplegará todas las actividades y medios que encarnen el bien común.

Ser Jefe de Estado, es entender que el bien público, implica el correcto funcionamiento de la administración pública, pero también y en el marco de equilibrio y respeto, el fortalecimiento del poder legislativo local; de los tribunales de justicia, de la fuerzas del orden en todos los rincones de Michoacán; de impulsar tenazmente el desarrollo económico regional y de fortalecer los Ayuntamientos, hoy convertidos en el eslabón más débil de la cadena de la administración pública estatal.

Ahora bien, diré una obviedad, que parece ser olvidada a menudo: un Estado, no puede sostenerse si no es por convencimiento. Ni las dictaduras más férreas apoyadas en la fuerza del ejército o del poder económico pueden perdurar sino es con el consentimiento de los gobernados.

En las democracias modernas, la estrategia mediática es fundamental; repetir constantemente un mensaje, un mito o una utopía del gobierno para despertar o mantener la adhesión popular; todo Jefe de Estado, que quiera sobrevivir y mantenerse en el poder, debe fomentar el apoyo entusiasta de los gobernados.

Sí, por el contrario, lo que se percibe es que detrás de los programas que mayor demanda la población, se encuentran beneficiados del círculo selecto del gobernante o que la compra de equipo para seguridad es a un “empresario” con parentesco familiar, el repudio es de la mayor dimensión.

Cuando los mismos electores que votaron por el gobierno en turno, en lugar de apoyar al Estado, se limitan a sufrirlo, en el mejor de los casos a tolerarlo como un mal inevitable; o que de plano sientan mayor compromiso y calidez con los grupos de poder fáctico, que han surgido como hongos en todo Michoacán, el Estado deja de ser una institución sana y pasa a convertirse en una entidad enferma.

Si se quiere y cito a Rousseau “es una agregación, pero no una asociación, ya que perdió el bien público y el cuerpo político”. El Estado es necesario, sólo para el bien público.

En consecuencia, la creciente impresión que el Estado es incapaz de regresar la seguridad y la paz a decenas de municipios, ya sea por su ineficacia o peor aún por su colusión, afecta directamente a la salud del Estado. Cuestiona su legitimidad y anuncia, una lucha por el poder, no necesariamente por la vía institucional.

Tanto los que votaron por Vallejo Figueroa, como los que lo hicieron por otras opciones, celebramos al momento de depositar la papeleta en la urna un  contrato que implicaba que el triunfador trabajara como gobernador de todos. Contrato, que a la luz de las funciones descritas arriba,  no cumple a cabalidad.

En consecuencia, más allá del estado de salud de un ser humano, es la salud del Estado la que nos incumbe como colectivo. La enfermedad de Fausto Vallejo, es una enfermedad de Estado y su regreso al ejercicio público, eso debe garantizar: alejarse del Estado enfermo, del Estado fallido.