Uso de Razón/Pablo Hiriart

            Excesos que acaban mal

            Cuidado con los excesos, que los aduladores son ocasionales y las facturas se pagan el resto de la vida.

            Durante el desfile militar del 16 de septiembre vimos uno de los autohomenajes más desproporcionados que se hayan dado en muchas décadas.

            A alguien se le ocurrió poner a López Obrador y a su gobierno a la altura de la Independencia, de la Reforma y de la Revolución.

            Luego de los carros alegóricos que representaban las tres grandes transformaciones de México, pusieron los símbolos de lo que él llama Cuarta Transformación: la suya.

            Y apenas lleva nueve meses en el poder. ¿Qué sigue?

            Nadie en su entorno se atreve a decirle que no es sano para él ni para nadie autopromover el culto a la personalidad y homenajearse a sí mismo en un día que es de la patria, no del presidente.

            Todas esas exaltaciones desmedidas a un gobernante, en México, acaban mal.


            En su momento, la gente también salió a las calles a vitorear la coronación de Iturbide.

Y se desbordó con la entrada de Maximiliano.

Ovacionó a Villa y Zapata, a Díaz Ordaz y a López Portillo.

Ahí esta el presidente en el balcón central de Palacio, sin los contrapesos de la democracia: el presidente de la Corte y la presidenta de la Cámara de Diputados.

Sólo con su esposa y el gabinete de seguridad.

A la única autoridad de oposición, la presidenta de la Cámara de Diputados, Laura Rojas, la mandaron a un balcón alterno y no dijo ni pío.

Estaba feliz, feliz, feliz, porque en un momento “pude saludar al presidente”.

¿Nos vamos a costumbrar a estos desfiguros y culto a la personalidad?

El domingo, después de las alegorías de la primera, segunda y tercera transformación, por el Zócalo desfilaron las pipas de Pemex que el gobierno compró para bajar el robo de combustible en ductos.

¿Eso está a la altura de la toma de Ciudad Juárez por Villa y Pascual Orozco?

¿O se asemeja al sacrificio de Madero?

¿A la enajenación de los bienes de una iglesia latifundista y todopoderosa?

¿Al arrojo de Hidalgo y de Morelos para darnos patria y libertad?

Las pipas de Pemex, a la altura de esas gestas de la historia nacional.

Y ahí tienen a la corte de lambiscones aplaudiendo las pipas de Pemex como si fueran la carroza de Juárez.

Esa es una ridiculez que se la van a cobrar no sólo sus opositores, sino sobre todo quienes hoy lo adulan y luego, cuando caiga su popularidad, lo lincharán con sevicia.

Todos sabemos que hoy se vende menos gasolina legal que al inicio de la “guerra contra el huachicol”.

Un fiasco la tal guerra, para disimular que importaron menos combustible que el acostumbrado.

Luego de las pipas de Pemex desfilaron los Jóvenes Construyendo el Futuro, mal llamados ninis, como un símbolo de la transformación lopezobradorista.

También los que siembran árboles y un contingente representativo de los adultos mayores que reciben pensión del gobierno.

Nada de lo anterior tiene trascendencia en la historia patria. Mucho menos para ponerlas a la altura de la Independencia, la Reforma o la Revolución.

El presidente que lleva nueve meses en el cargo permite que sus subalternos lo ubiquen, en el desfile del 16 de septiembre, en el nivel de Morelos, Juárez y Madero.

Le están haciendo un daño a él y al país.

Los peninsulares dirían que lo están “cultivando”.

Y él, con su innegable sagacidad política, se deja hipnotizar por el aplauso y la lisonja basados pretextos risibles: unas pipas, unos árboles, jóvenes becarios en empresas que nadie conoce.

Todos sabemos que para armar esos programas sociales tuvieron que desarmar Prospera, el Seguro Popular, unidades médicas en zonas marginadas, compra de medicinas, despedir gente de sus empleos.

Ojo con los excesos, que se pagan.