El viernes trece de marzo una rara gripe toco mi puerta, con una espontaneidad que mi sistema inmune aprovechó para ausentarse y así permanecer aislado una semana, afortunadamente sólo fue eso, una tremenda gripe de aquellas. En días posteriores tuvimos que encerrarnos por orden gubernamental para no morir, haciendo trabajo de oficina en casa y atendiendo a los más pequeños que nos demandan 25 horas al día.

En definitiva, llego a la conclusión que esto del confinamiento es cuestión de responsabilidad y civismo individual, no hay de otra, en esos primeros días de marzo intenté quedarme en casa, encerrado motus propio, sin que aún lo hubiera exigido el gobierno local. Conforme pasaban los días, se me terminaban las opciones para mantener a mis hijos activos sin que llegaran al enfado, desde luego que hacer tarea no era lo nuestro, así que decidí poner en práctica mis dotes artísticos y hacer más amena esta pandemia.

Logramos hacer una agradable rutina, que de forma inmediata se convirtió en una lista de hábitos: los primeros días las tareas nos hacían enojar, los lunes creamos títeres e hicimos el teatro guiñol para que pudieran actuar los personajes, los días martes tratábamos de hornear galletas quemadas para posteriormente comprar galletas bien elaboradas y decorarlas, los miércoles teníamos tarde de exposición en mini caballetes para presentar una obra en pintura de acuarela, los jueves era día de danza, ellos elegían el género para después de eso pasar a la tarde de trova con canciones infantiles e improvisadas, los viernes teníamos cinematografía así que pudimos grabar sesenta y seis tiktoks, pintamos nuestra casa, cortamos el césped, los fines de semana logramos hacer varias albercadas con carne asada, los domingos era día libre, en el cual casi siempre instalábamos el brincolín, vimos el cielo varios días tratando de encontrar las figuras más chuscas, nos disfrazamos de payasos, vimos veintisiete películas, tuvimos lectura de atril, nos disfrazamos y actuamos como los personajes de toy story, tuvimos noche de campamento, construimos una jardinera de tres metros de largo con cincuenta tabiques, plantamos lirio en la jardinera y la decoramos con piedra blanca, nos ejercitamos, hicimos y bailamos el toro de petate, nos enojamos, reímos, lloramos, pero sobre todo nos sentimos libres en el encierro, un encierro del cual, tuvimos que organizarnos mucho mejor que en nuestra rutina laboral, personal y social diaria. Aunque no lo crean aprendimos a controlar la ansiedad, sobre todo cuando daban los anuncios de las extensiones del confinamiento, pudimos gestionar el tiempo sin desesperarnos, al final del día, esta es una de las pocas oportunidades que se presentan en la vida, para hacer cosas que tal vez no haríamos por nuestras preocupaciones y la carga diaria.

Gozamos de una ocasión para demostrar cuanto nos importa la familia y la sociedad, tenemos una oportunidad de ser responsables y dejar de pensar en nosotros. Este virus no afecta por igual a todos y aquí es donde inician grandes debates societales, las personas que disfrutan de ahorros, de la seguridad de un empleo, esos a los que les llega su quincena íntegra, se pueden recluir en su casa, es un lujo pues para que me entiendan, pero quienes trabajan en la informalidad, en la precariedad, al día, por supuesto que no pueden hacerlo.

No le pidamos al gobierno programar o planificar una agenda para el día después, porque seguramente no la tendrá, nos toca a nosotros -para variar- cimentar desde este momento las estrategias de recuperación y de esta manera tener una afectación menor. Me resulta sorprendente que una sola persona, haya contagiado a casi 6 millones de seres humanos en el mundo, pero más increíble es que existan personas que por el hecho de no conocer a nadie contagiado digan: “hasta que no me toque a mí, no creo nada”. Nos vemos la semana siguiente en la “nueva normalidad”.

Manos a la obra, no en las armas.