¡CAOS, DESASTRE Y MUERTE!

Es la hora de superar nuestra apatía y cobardía. ¿Qué esperamos para enfrentar los males que nos aplastan y cambiar de rumbo?

La persona humana es grande más que las fuerzas desencadenadas del destino, tiene un ingenio y una libertad para enfrentar las situaciones adversas, imposibles. Es invencible.

Necesita levantar la cabeza y sacudirse el mareo de los bajos placeres, del fanatismo de falsos mesías y ceguera que la arrastran a donde no quiere. Necesita ser lucida e inteligente para mirar con claridad la situación sombría e intrincada, con la mirada en lo por venir para salir de la tormenta hacia zonas de serenidad y de paz.

¡Qué dolorosa es la condición de los pobres que han perdido uno o varios familiares por el coronavirus, que no tienen dinero para la cremación, para protegerse y comer! ¡Qué perversa la actitud de los servidores públicos enajenados en sus líos y negocios perversos! Que canallas son quienes “envuelven” a las multitudes humildes y los abandonan al fracaso, a una vida miserable, indigna, insoportable, injusta.

Muchos miembros de la clase dirigente, de los líderes se evaden y buscan bienes para ellos para aplicar sus ideologías buscando el bien de su facción, de sus amigotes. Finalmente persiguen su delirio de grandeza, quieren satisfacer su ambición de aplausos, poder y riquezas.

¡Cómo se sirven del pueblo humilde! Y los mantienen en la contingencia educativa, en su postración y no los hacen crecer y convertirse en personas conscientes de su dignidad y capaces de transformar su vida y dar progreso a su nación.

Quieren construir el cambio sobre el engaño, la vejación de los pobres y su miseria endémica.

El COVID 19, un flagelo implacable, mortal y galopante, incontenible. Y son muchos los monstruos feroces y poderosos que nos rondan en el país de convulsión y de hordas feroces buscan matarnos.

La Bestia del apocalipsis, Satán y sus sicarios andan sueltos. Es el terror, la impotencia, nos arrastra el pánico.

El mal ataca por todas partes, bajo todas las formas posibles.El pueblo está en el desamparo, entregada a sus enemigos que se burlan de los humildes, saquean, se engordan a sí mismos y se entregan a sus caprichos. Es el desastre económico y laboral, la miseria y la hambruna, la caída de la producción, los gobernantes ineptos, entregados a sus intereses mezquinos, ciegos y sordos y enajenados para no ver el dolor y la muerte del pueblo. Hay duelo, frustración y desconfianza en las multitudes que sufren.

Es escandaloso y horroroso el trato que se ha hecho de la pandemia. Los periodistas recuerdan con frecuencia las afirmaciones absurdas y las actitudes desesperantes del presidente y de muchos gobernantes que revelan una gran frivolidad, irresponsabilidad con que se ha manejado el flagelo. Cuanta mentira en la información de contagios y descensos se ha manejado por ventajas del dinero y ganancias políticas.

El país se cae en el hoyo negro, sin fondo porque no tienen los asideros, los cimientos que han sustentado las grandes civilizaciones: los valores universales, Dios, la ley que permiten a la persona realizar su destino y construir una sociedad sabia, honesta, progresista, digna,, exitosa.

¿Cuál es el terremoto que nos va a despertar para entender con lucidez la situación confusa, agitada, compleja que nos envuelve?

¿Vamos esperar sentados a que la Transformación de cuarta nos lleve al paraíso hueco e irreal que ellos sueñan?

¿Vamos a dejar como criaturas indefensas y buenas para nada ser arrastrados en el torbellino tenebroso de tantos males?

¡Tenemos la dignidad, el coraje, las energías y la grandeza de alma para enfrentar la contingencia y vencer las fuerzas gigantes, implacables y despiadadas que vienen a aplastarnos!

Tenemos que despertar enfrentar a los gigantes quieren aplastar una raza de ratones. Tenemos que sacar fuerzas de la debilidad y despertar la grandeza de la raza de bronce y de los hijos de Dios que esperan en nosotros el momento de gloria.

La Iglesia de Jesucristo, este gran pueblo y familia de Dios que peregrina en México tiene una gran presencia y credibilidad y un mayor compromiso en la gran prueba.

Clamaba un joven sacerdote: urge la voz profética de la Iglesia para entender con claridad el marasmo catastrófico, para denunciar el poder de Satanás, de sus aliados y sicarios que buscan sembrar muerte para proteger sus imperios de dinero.

Hay que estar atentos a las señales de Dios. Los obispos de México afirman: “con firme convicción afirmamos que nuestra vocación de ser una Iglesia pobre y para los pobres significa estar disponibles… Para servir y manifestar su solidaridad a los más necesitados…” Descubrir a Cristo sobre todo en el rostro de ellos con los que el mismo ha querido identificarse (CEM, Proyecto Global de Pastoral, n. 150). 

Llos que tienen miedo y van a morir por la infección, los que tienen luto por varios miembros de su familia, los que están expuestos al contagio y son sacrificados por la irresponsabilidad de sus autoridades, los que son entregados a la muerte por servir en las cadenas de producción y ser lanzados a la guerra sin armas como los trabajadores de la salud..