Némesis
Hay una cosa que me encabrona: que alguien mire dónde estoy parado hoy y crea que sabe cómo llegué.
No.
Yo no nací aquí.
Soy de los hijos del “no hay”.
Del “eso no se puede comprar”.
De los zapatos usados.
De aprender que querer algo y poder tenerlo eran dos cosas completamente distintas.
Me tocó una casa, una época y unos padres distintos a los que conocieron quienes llegaron después.
Tuve un padre al que amo, con todos sus demonios y también con el alcohol.
Tuve una madre a la que adoro, pero cuya forma de educar podía ser más ruda que la mismísima Mataviejitas.
Me hicieron fuerte.
La calle hizo el resto.
Sufrí bullying.
Me defendí.
Conocí la violencia.
Y además me tocó crecer en un México en el que amar diferente no era una consigna bonita ni una bandera en junio.
A veces costaba putazos.
Así que no.
No soy blando.
Que hoy sea afectuoso, generoso, conciliador o incluso sentimental no significa que desconozca la dureza.
Significa que ya no necesito ejercerla para demostrar quién soy.
Y menos voy a aceptar lecciones de resistencia de quien partió veinte años después, cuando muchas de las batallas ya se habían peleado, la casa era otra y la mesa estaba mucho más servida.
Eso no le resta mérito a nadie.
Pero tampoco me chinguen: no es lo mismo recibir una historia que tener que abrirse paso dentro de ella.
¿Competencias, cabrón?
Va.
Pero entonces compitamos desde el mismo punto de partida.
Tópale al “no hay”.
Tópale a los zapatos usados.
Tópale al rechazo.
Tópale a tener que defender quién eres cuando ser quien eres todavía tenía consecuencias.
Tópale a empezar sin empresa esperándote.
Tópale a construir tu propio nombre.
Tópale a perder y volver a empezar.
Y cuando hayas pasado por ahí, nos sentamos a hablar de quién es blando.
Aunque pensándolo bien, no.
Porque yo no quiero competir contigo.
No necesito ganarte.
Mucho menos necesito que pierdas para demostrar lo que valgo.
Lo único que exijo es algo mucho más sencillo: respeto.
No confundas mi cariño con debilidad.
No confundas mi generosidad con obligación.
No confundas mi silencio con miedo.
Y jamás confundas una mesa que hoy está servida con una vida que siempre lo estuvo.
Porque puedo sentarme a esa mesa, disfrutarla, pagarla y compartirla.
Pero nunca voy a olvidar de dónde vengo.
No me da vergüenza.
No me da lástima.
Me da orgullo.
Yo no me erijo por encima de nadie.
Pero tampoco me dejo de nadie.
Ni siquiera de ti.
Te quiero porque eres mi hermano.
Pero precisamente porque eres mi hermano, no quiero estar arriba de ti ni voy a aceptar estar debajo.
A mi lado.
Como iguales.
Y si algún día quieres saber por qué después de todo sigo siendo sentimental, cariñoso y hasta “blando”, la respuesta es muy sencilla:
Porque lo verdaderamente cabrón no fue aprender a endurecerme.
Eso lo aprendí muy joven.
Lo verdaderamente cabrón fue conseguir que, después de todo, no se me endureciera el corazón.




