De frente y de perfil
Dos Méxicos, una sola tierra
En medio de todas las tribulaciones en este tiempo nublado, hay una danza que no se ve en los informes oficiales: miles de millones y billones de dólares que cambian de mano entre las sombras, un río oscuro que crece y se ensancha, como un torrente que nadie detiene. Es la fortuna que florece al margen de la ley, una riqueza que se amasa con dolor y silencio, cuyas cifras se pierden en la niebla, pero cuyo peso aplasta la esperanza de pueblos enteros.
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Y mientras esa marea sube, hay otro México que baja, que se agacha y apenas respira. Es el de quienes salen al amanecer y regresan cuando la luna ya va alta, con salarios que no alcanzan para cerrar el mes, como monedas que se desvanecen entre los dedos. Es la multitud que vive al borde del abismo del desempleo, donde el trabajo digno es una estrella lejana y el subempleo se convierte en el único refugio. Una mayoría que no cuenta con cauces de oro, sino con la tenue, citilante llama del esfuerzo diario, suficiente apenas para no caer.
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La paradoja duele como herida honda, abierta: aquí se amasan fortunas inmensas que nadie rinde cuentas, y allá, a unos pasos de distancia, la gente sobrevive con lo justo para no morir.
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Como si el país tuviera dos corazones: uno que late con excesos que se ocultan, y otro que apenas se sostiene con la escasez que se muestra todos los días. Y esa brecha —profunda y silenciosa— es la verdadera grieta que amenaza con partirnos en dos como nación.--oOo--




