Avances pírricos: Nómina pagada, aulas vaciándose
Vivir con miedo
Mientras los gobiernos aplican la tijera, es la población la que sufre. Vivir en la incertidumbre así, es caminar sobre suelo que cruje. Es saber que el empleo, el ingreso, el techo, el alimento de mañana no son seguros, sino hilos que pueden romperse en cualquier momento. La comunidad se resiente: la confianza se debilita, la solidaridad se tensa y muchas veces cada familia se repliega sobre sí misma, defendiendo lo poco que tiene, porque siente que no hay red que la sostenga. La zozobra se vuelve silencio compartido: todos lo sienten, pocos lo dicen, pero pesa en conversaciones calladas, en el sueño que se va por las noches, en la mirada al futuro que ya no se atreve a prometer nada. Es la sensación de que el piso que pisamos es inestable, y todos lo sabemos, pero nadie sabe cuándo cederá.
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Cuando el sustento depende también de decisiones ajenas —leyes, presupuestos, cambios de gobierno, políticas que parecen moverse como el viento— la incertidumbre se siente como una orfandad pública. El ciudadano percibe que su esfuerzo no basta: que lo que logra puede deshacerse por lo que ocurre lejos de su casa. Entonces la confianza en las instituciones se debilita, porque se descubre que el árbol del bienestar no es natural ni eterno, sino que también es frágil y está expuesto a las tormentas de la historia. Vivir con esa zozobra es preguntarse: ¿Si cae el árbol, habrá alguien que nos tienda una mano, o caeremos solos bajo sus ramas? Es el miedo legítimo a la vulnerabilidad frente a lo que no controlamos.
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Esa zozobra revela una verdad profunda: que nuestra seguridad siempre fue prestada. Creíamos que el árbol del sustento era eterno, firme, garantía de nuestro porvenir; y cuando vemos que puede caer, nos duele no solo la necesidad, sino el derrumbe de la ilusión de permanencia. Como escribía Neruda: "La vida es más corta que un suspiro, y más larga que el dolor". Aprender a vivir con esa incertidumbre no es resignarse, sino descubrir que lo que realmente nos sostiene no es un solo árbol, sino nuestras raíces compartidas, nuestra capacidad de ayudarnos unos a otros y de seguir caminando incluso cuando el camino no se ve claro. La incertidumbre nos despoja de falsas seguridades, pero puede enseñarnos a valorar lo que hoy tenemos y a cuidarnos entre nosotros, porque al final, nadie es tan fuerte que no necesite a alguien.
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Vivir con el miedo de que caiga lo que nos sostiene es doloroso, pero también es oportunidad: nos recuerda que somos frágiles, que dependemos unos de otros, y que la verdadera fortaleza no está en que nada se mueva, sino en tener la valentía de seguir de pie, juntos, aunque todo cambie. - - oOo--




