Mensaje audaz en el infierno

Felipe de J. Monroy

El obispo de Apatzingán, Cristóbal Ascencio, relata que todo comenzó con un simple mensaje del delegado del Papa a través de whatsapp en el que le manifestó su interés por ir a una de las regiones más devastadas por la cultura del crimen y la muerte. Sin embargo, para ser completamente honestos, el enviado pontificio se conmovió por las palabras que el propio Ascencio compartió durante la reunión de obispos católicos.

Su testimonio fue desgarrador pues, aunque puso la mirada en la esperanza cristiana, el pueblo al que debe servir y pastorear sobrevive en condiciones semejantes a los de una guerra: desplazamiento forzoso de cientos de familias; localidades enteras sitiadas e incomunicadas por carreteras devastadas; continuos asaltos de provisiones y víveres; grupos criminales y paramilitares que imponen leyes y juicios sumarios contra miles de habitantes; y una buena dosis de corrupción política mezclada con comprensible temor por el salvaje narco-capitalismo. En fin, un cóctel amargo de heridas y dolor en el que la Iglesia aún desea servir.

Con insistencia, desde su llegada a México, el nuncio apostólico Franco Coppola ha sido categórico con los pastores católicos: ‘Debemos estar cerca de las personas que sufren en nuestras comunidades’. Y, para incluirse en esa primera persona del plural, el mensaje enviado al obispo Ascencio es ya en sí una audacia: “Si lo cree prudente, quiero ir a su diócesis… y a estar en alguna comunidad de las más golpeadas por la violencia”.

El obispo Ascencio dice que de inmediato pensó en Aguililla, como la localidad más afectada de su diócesis. No es para menos, en las últimas semanas supimos que grupos criminales utilizaron drones explosivos para atacar policías; la delincuencia organizada cava zanjas en las carreteras para sitiar comunidades enteras; la población ha emprendido verdaderos éxodos masivos para huir de reinado del crimen y confusión que los amenaza, extorsiona, secuestra, recluta o asesina; en fin, los estragos de una guerra encarnizada y sin cuartel entre cárteles antagónicos y agentes del orden que se disputan el control de una plaza indispensable para el trasiego de drogas, armas y otros bienes a través del paso sierra-costa y la Tierra Caliente.

El representante del papa Francisco en México sabe que su visita no es sencilla, que guarda serias complicaciones de seguridad, pero Coppola no es un improvisado. Durante dos años fue nuncio en República Centroafricana donde representó a la Santa Sede cuando la tensión entre grupos antagónicos (seleka y anti-balaka) se disputaban palmo a palmo un territorio erosionado por la segunda guerra civil y el golpe de estado. Allí, el diplomático testificó el difícil proceso de reconstrucción social con una crisis humanitaria dramática que incluía serios focos de conflicto político, religioso y paramilitar que provocaba decenas de miles de desplazados y muertos.

En contraste, Coppola ahora emprenderá un descenso a las regiones del infierno del narco-capitalismo corruptor. Dicen que, tras su celebración en la Basílica de Guadalupe para pedir su cobijo y amparo en su viaje, nunca habían visto a un jerarca ir con pasos tan firmes para contemplar la catástrofe y dar un mensaje con su presencia, o con su voz si es que no se le hace un nudo en la garganta.

San Óscar Arnulfo Romero, obispo mártir patrono de América, dijo una vez: “Unos periodistas me preguntaron: ‘¿Usted que predica el amor, cree que el amor puede resolver esto? ¿No cree que no haya más camino que la violencia, si en la historia sólo la violencia es la que ha logrado los cambios?’ Les digo: Sí, de hecho, ha sido así. Es un hecho que el hombre no ha usado todavía la fuerza que lo caracteriza. El hombre no se caracteriza por la fuerza bruta, no es animal. El hombre se caracteriza por la razón y por el amor”.

Eso está detrás de la visita de Coppola a Apatzingán, Aguililla y El Aguaje: Un mensaje de amor y desde la razón para un pequeño infiernillo que parece ya no comprender otra cosa que la brutalidad de la violencia como respuesta. Allí radica la verdadera audacia del gesto.