La opción
Desde el enfoque del pensamiento crítico, trabajamos este fin de semana con personas estudiantes de la maestría de Juicios Orales, en donde abordamos el tema de los derechos humanos en los sistemas jurídicos contemporáneos, desde la visión con que se construyen las narrativas y reflexiones teóricas comparto la siguiente reflexión.
Lo primero a desentrañar es que la historia de los derechos humanos es, en gran medida, la historia de cómo las sociedades han imaginado la libertad, el poder y la dignidad humana. Su evolución en el Estado moderno no es lineal, ni homogénea, sino un proceso de tensiones, rupturas y propuestas que han transformado la forma en que entendemos lo que significa “ser persona”, “ser ciudadano” y “ser sujeto de derechos” (en un análisis de comprensión del ser humano, ciudadano, persona, pero también sujeto de Estado y hoy sujeto maquínico). Para comprender los avances contemporáneos—y los desafíos que aún enfrenta América Latina—es necesario volver a los pensadores que sembraron los cimientos del pensamiento moderno.
En el siglo XVII, Thomas Hobbes escribió Leviatán (1651), una obra marcada por el caos de la Guerra Civil inglesa. Para Hobbes, el ser humano es vulnerable y temeroso por naturaleza; sin un poder fuerte que mantenga el orden, la vida sería “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. En este escenario, los derechos no nacen de la naturaleza humana, sino del pacto por el cual los individuos ceden su libertad a un soberano absoluto. Su propuesta no constituye un reconocimiento de derechos, sino un intento por asegurar la supervivencia colectiva. Sin embargo, Hobbes inaugura la idea del contrato social, base indispensable para la teoría moderna del Estado.
A finales del mismo siglo, John Locke replanteó la idea del pacto desde una perspectiva revolucionaria. En Dos tratados sobre el gobierno civil (1690) defiende los derechos naturales —vida, libertad y propiedad— como anteriores y superiores al Estado. Para Locke, el gobierno no crea derechos: debe garantizarlos. Este pensamiento inspiró la Revolución Gloriosa de Inglaterra, la independencia de Estados Unidos y más adelante la construcción de los primeros constitucionalismos modernos. La noción de que la autoridad sólo es legítima si protege los derechos marcó un antes y un después.
El siglo XVIII vio el auge de la Ilustración, movimiento que transformó el modo en que Occidente concibe la dignidad humana. Immanuel Kant, en textos como La metafísica de las costumbres (1797), sostuvo que cada persona posee un valor intrínseco por su capacidad racional y su autonomía moral. “Obra de tal modo que trates a la humanidad siempre como un fin en sí mismo”, escribió. Este principio —aparentemente filosófico— se convirtió en fundamento de los derechos humanos como normas universales, no dependientes de la voluntad política. Kant siembra así las bases éticas del Estado de derecho contemporáneo; y hasta ahora continua siendo un teórico fundamental en los análisis del Estado moderno.
Por su parte, Jean-Jacques Rousseau, con El contrato social (1762), introdujo el concepto de voluntad general, afirmando que la soberanía reside en el pueblo. Esta idea cruzó el Atlántico e influyó decisivamente en los procesos de independencia de América Latina. Líderes como Simón Bolívar, José María Morelos o Mariano Moreno vieron en Rousseau la legitimación filosófica para romper con el absolutismo colonial y fundar nuevos Estados bajo principios de libertad e igualdad.
Pero la evolución de los derechos humanos no se detiene en Europa. La experiencia latinoamericana ha generado una perspectiva singular, marcada por la desigualdad estructural, la violencia política, el colonialismo y las luchas sociales. A diferencia del enfoque liberal-individualista europeo, América Latina ha impulsado una visión más colectiva, comunitaria y emancipadora de los derechos humanos.
En el siglo XX, teóricos como Paulo Freire, Enrique Dussel, Boaventura de Sousa Santos y movimientos como el buen vivir andino han propuesto una ampliación profunda del proyecto moderno de derechos humanos. Para ellos, no basta con la libertad formal o jurídica: la dignidad humana requiere justicia social, participación efectiva, interculturalidad y reconocimiento de las diversidades.
El constitucionalismo latinoamericano más reciente —Ecuador (2008), Bolivia (2009)— incorpora derechos de la naturaleza, democracia comunitaria, interculturalidad y la noción de vivir en plenitud. Esta ampliación representa un diálogo entre la tradición moderna europea y las cosmovisiones indígenas, afrodescendientes y mestizas que conforman la pluralidad del continente. Mismo situación que hoy vive nuestro constitucionalismo mexicano, donde también en base a las modificaciones constitucionales se reconocen otras identidad sociales como las afromexicanas, y por otro lado, el ejercicio de definir a los animales como seres sintientes.
La evolución de los derechos humanos es, por tanto, la historia de un proceso que inicia con pactos para evitar la guerra—como en Hobbes—y se transforma en la defensa de libertades individuales—como en Locke—, en la universalización de la dignidad humana—como en Kant— y en la emergencia de la soberanía popular y la participación democrática—como en Rousseau—. En América Latina, este diálogo continúa, integrando luchas comunitarias, voces históricamente excluidas y nuevas formas de comprender la vida digna como nos lo deja ver Enrique Dussel, Boaventura de Sousa Santos, quienes nos plantean la importancia de las luchas sociales y sus movilización para el impulso de una agenda de derechos nuevos para los derechos humanos ya subjetivados..
En un tiempo de crisis ambientales, desigualdad y violencia social, mecanismos de opresión, del sistema patriarcal, la enseñanza de los derechos humanos exige no solo mirar al pasado, sino también reconocer que su construcción sigue viva. La tarea ética, política y pedagógica del presente es continuar ampliando los horizontes de dignidad que estas tradiciones han legado, y asumir que la defensa de los derechos es un proyecto en permanente transformación. Agradezco a las y los estudiantes universitarios por su compromiso, talento y, disposición por seguir avanzando en la construcción de su conocimiento.




