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Foto: Archivo

Itinerario político/Ricardo Alemán

Ricardo Alemán/Quadratín
 
| 19 de mayo de 2017 | 6:00
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¿A quién importa los periodistas muertos?

La respuesta a la interrogante es demoledora. Y es que la terca realidad confirma, día a día, que a nadie importa la vida de los periodistas y menos importa aclarar su muerte.

No le importó a Manuel Bartlett –titular de Gobernación en su momento–, aclarar el crimen de Manuel Buendía, asesinado en el Distrito Federal. Pocos gobernadores, si no es que ninguno, ha podido aclarar el asesinato de los más de 100 periodistas ultimados en los recientes 17 años.

Tampoco ha importado la vida de los periodistas y menos aclarar sus crímenes, a los gobiernos de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y menos al de Peña Nieto. Todos los presidentes dicen –de dientes para afuera–, que investigarán los casos de periodistas asesinados. Pero en los hechos poco o nada hacen. ¿Por qué?

Porque –en rigor–, la responsabilidad fundamental de la seguridad en un estado, y del esclarecimiento de un crimen en esa entidad, es de los gobiernos estatales. En efecto, el gobierno federal –a través de la PGR–, puede invocar la atracción de un crimen de naturaleza específica, pero la mayor responsabilidad es de gobernadores y alcaldes que, en el caso de periodistas nunca ha hecho nada.

Por eso el grosero paternalismo de periodistas y medios, que nada reclaman a gobernadores pero exigen auxilio a “papa gobierno” –con lo que confirman el centralismo que cuestionan–, al que consideran como “presidente todopoderoso”.

Y también por eso, periodistas invocan un inaceptable privilegio de protección y seguridad especiales, que convierte a los periodistas en ciudadanos de excepción y a los ciudadanos en mexicanos de segunda. ¡Trato especial a periodistas y que se chinguen los ciudadanos!

Por eso, según “la calenturienta concepción” de informadores decimonónicos, el presidente debe convertirse en guardián de cada periodistas y –por tanto–, en investigador de todo crimen contra un periodista.

En efecto, nadie duda del papel fundamental del oficio periodístico en democracia; pero el valor de una actividad social –por relevante que sea–, no convierte en ciudadanos de excepción a quienes la ejercen.

También por eso resulta maniquea y mentirosa la actitud de ciertos periodistas quienes –en su legítimo relamo a favor de frenar la violencia–, solapan a los asesinos y son omisos con las instituciones del Estado obligadas en el esclarecimiento de los crímenes, como los gobernadores.

En cambio, en las manifestaciones para poner freno a la violencia contra periodistas, las consignas es electorera.
“¡Pinche gobierno federal… ¡pinche Peña Nieto!”, gritan periodistas inconformes, pero nada exigen a gobernadores de Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas, Morelos… que nada han hecho para esclarecer la muerte de seis periodistas, en 2017, en sus estados.

“¡Fue el narco Estado!”, inventan otros periodistas, pero no tocan ni con el pétalo de una crítica a los capos y a las bandas del crimen organizado, cuyos jefes ordenan asesinar a no pocos periodistas.

Pero la sublimación de la doble moral de ciertos periodistas aparece cuando esos “periodistas militantes” convierten la muerte de un colega en grosera causa político-electoral, a favor de un partido y contra el gobierno federal en turno.

Y el mejor ejemplo del periodismo militante y maniqueo –y de la campaña para exonerar a capos de la droga y barones del crimen organizado–, se llama Epigmenio Ibarra, el mismo que ha convertido en negocio de millones de dólares la exaltación de los capos de la droga en telenovelas.

¿Por qué razón, Epigmenio Ibarra construyó el montaje de que el de “los 43 de Iguala” era un crimen de Estado? ¿Por qué exoneró a los narcotraficantes de Guerreros Unidos? ¿Por qué en lugar de culpar a los mafiosos y matarifes jefaturados por Abarca, culpó Peña Nieto? ¿Por qué en el caso de “los 43” Epigmenio nunca aceptó la vertiente del narco crimen? ¿Y por qué en sus telenovelas exalta a los narco criminales?

¿Por qué hoy, cuando todo apunta a que Javier Valdez fue asesinado por encargo del narcotráfico y el crimen organizado, Epigmenio Ibarra encamina la especie de que “fue el narco Estado” y culpa a Enrique Peña?

La mayoría de los periodistas asesinados en México han caído víctimas de las bandas criminales; las mismas que glorifica en sus telenovelas Epigmenio Ibarra.

¿Esa es la defensa que requieren los periodistas asesinados? ¿Esa es la doble moral de los que exigen esclarecer el crimen de periodistas a manos del narcotráfico y el crimen organizado?

El crimen de periodistas no se acabará con marchas, plantones y paros; se acabará exigiendo el fin de la impunidad a las bandas del crimen organizado y el narcotráfico y el fin de la impunidad en general. Y, claro, cuestionando la doble moral del periodismo militante.

Al tiempo.

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