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Foto: Archivo

Estrictamente personal/Raymundo Riva Palacio

Raymundo Riva Palacio/Quadratín
 
| 19 de octubre de 2016 | 8:19
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Falta un año aproximadamente para que se defina la sucesión presidencial y cada semana crece la incógnita sobre quién aparecerá en la boleta electoral por el PRI. En el pasado, para estas fechas el Presidente priista ya tenía claros sus perfiles, y los dejaba correr unos meses antes de tomar la decisión final. En esta sucesión, Enrique Peña Nieto no ha decidido por nadie, según uno de los precandidatos mencionados en la prensa, aunque puede estar escondiendo su selección. Así lo hizo en el estado de México, cuando escogió a Eruviel Ávila en el último momento. ¿Así será en octubre de 2017?

Si su lógica sigue inamovible, eso debe estar sucediendo. Pero replicar la fórmula mexiquense en la sucesión presidencial puede ser un suicidio. En su estado contaba con una baraja amplia, y meses antes de decidir tenía dos perfiles, Luis Videgaray y Alfredo del Mazo. Al final no fue ninguno de ellos, pero hizo que los medios se enfocaran en ellos para cuidar a Ávila. Hoy, de sus cartas originales, Videgaray y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, uno está fuera de la competencia y el otro muy desgastado. A su tercera opción, el secretario de Educación, Aurelio Nuño, Osorio Chong lo aplastó tan brutalmente por su mal manejo con la disidencia magisterial, que tocó la retirada.

Las opciones de Peña Nieto se han reducido y no lo ayuda el creciente descrédito a su gestión y la rebelión dentro del PRI. En el texto previo se recordó su falta de consenso y la sistemática desaprobación a su gobierno, que lo tenían en una disyuntiva sin caminos favorables. O negociaba una transición pactada con la oposición, o soltaba el proceso sucesorio y dejaba que el PRI lo procesara, con lo que el siguiente candidato del partido, no respondería a él. La prensa política coincide que Peña Nieto sólo tiene dos candidatos, Osorio Chong y el secretario de Hacienda, José Antonio Meade. No dan muchas posibilidades al gobernador Ávila, pese a que en los dos últimos años casi siempre estuvo por encima de Osorio Chong en las preferencias. De Meade señalan que Hacienda le dará una plataforma de conocimiento nacional y ampliará sus posibilidades, aunque olvidan que entre más conocimiento hay de una persona, mayores son sus negativos.

Meade ocupa la secretaría más difícil en términos electorales, al ser la que quita el dinero de la gente. Con perspectivas económicas mediocres o malas para 2017, no se ve cómo puede ser un candidato ganador. Osorio Chong, por su parte, se viene cayendo en percepciones y por primera vez absorbiendo los negativos en seguridad e ingobernabilidad que sólo le pegaban a Peña Nieto.

Aún no se le transfieren ampliamente las críticas por los abusos y la corrupción de los delegados federales, que dependen de él, ni se han abierto las multimillonarias adjudicaciones directas en el sistema de seguridad que están en una caja negra que despierta muchas suspicacias.

La salida de Videgaray del gabinete, aunque internamente lo benefició, para efectos sucesorios lo perjudicó al quedar vulnerable como el único hombre fuerte de Peña Nieto, y sujeto al mayor golpeteo. La debilidad y falta de liderazgo de Peña Nieto no le ayudan. La nueva realidad en el entorno peñista ha ocasionado que dentro del gabinete y el PRI menciona que quien podría emerger como caballo negro es el secretario de Salud, José Narro. Mucho más joven de lo que parece, es un político con oficio y probó capacidad para dialogar con el segmento de electores más beligerante, el de los jóvenes, durante sus 16 años como número uno y dos en la UNAM.

La pregunta es si tendrá la energía que requerirá para enfrentar una campaña presidencial que será salvaje por los candidatos de oposición y la nueva arena pública de las redes sociales. Si Narro no es, la sorpresa de octubre de Peña Nieto tendría que estar en dos cartas confiables para él, que están comprometidos con sus reformas en buena medida, porque las más controvertidas las redactaron ellos: Nuño y Enrique Ochoa, el presidente del PRI, quienes generacionalmente dicen más que Osorio Chong, y aunque tienen menos experiencia, también menos negativos.

El problema para Peña Nieto es cómo convencer a los liderazgos del PRI que acepten a cualquier de los más noveles de sus cartas. El presidente Miguel de la Madrid tuvo que enviar emisarios a negociar con el líder de la CTM, Fidel Velázquez, para que no se opusiera a su candidato, Carlos Salinas de Gortari, ante la posibilidad de un quiebre en el partido. La gran diferencia entre De la Madrid y Peña Nieto es que el primero, pese a la ruptura del PRI en 1987, tenía legitimidad interna y credibilidad como interlocutor, mientras que él segundo tiene rendimientos decrecientes.

La sorpresa de octubre sería un candidato o candidata que surgiera de un proceso interno –tipo campañas primarias estadounidenses-, donde se procesaran a quienes buscan la candidatura. En la historia del PRI, sus presidentes Beatriz Paredes y Roberto Madrazo, que en términos de victorias son los que más alcanzaron, fueron resultado de un proceso interno que dio cohesión al partido.

Pero para ello, Peña Nieto tendría que soltar la sucesión y dejar que las fuerzas del partido decidan. No está en su código genético, que al contrario, busca siempre el control absoluto del proceso.

Está lejos en este momento que Peña Nieto considere que lo imposible para su historia, pueda resultar lo mejor posible.

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