Teléfono rojo
Desde que la pandemia inició, el presidente ha pronunciado una serie de declaraciones que más allá de resaltar por su determinación frente a la emergencia de salubridad, sobresalen por su ocurrencia e irresponsabilidad. Porque el Ejecutivo Federal recomendó seguir saliendo y no dejarse de abrazar, aún cuando a nivel mundial prevalecía el distanciamiento social; porque más allá de privilegiar el uso del gel antibacterial y del cubrebocas para el contagio mitigar, sugirió que la honestidad era la que podría al virus frenar; porque cuando la rigurosidad científica tenía que volverse primordial, decidió anteponer la creencia espiritual de que con la plegaria “detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo” la enfermedad se iba a retirar. Sin embargo, Andrés Manuel realizó una recomendación que merecía toda la atención para ser acatada al pie del renglón, esta consistía en dejar el asunto de salud pública en manos de los técnicos, médicos y científicos, pues explicó que si se dejaba en manos de políticos, se alteraba todo.
No obstante, y como bien señala Víctor Manuel Toledo, secretario de Medio Ambiente, este gobierno está lleno de contradicciones, de discursos alentadores que terminan en grandes decepciones y de propósitos esperanzadores que no llegan a verse concretados en acciones. Y es que la recomendación que el presidente sugirió, él mismo no la cumplió ni se cercioró de que los demás la respetaran sin ninguna excepción. Pronto el subsecretario López-Gatell dejó de utilizar el rigor científico y comenzó con el discurso político, su obligación de información verídica proporcionar transitó a simplemente diseminar propaganda gubernamental y disminuir al máximo el número de contagios era lo de menos frente a su objetivo principal de cuidar la popularidad de la figura presidencial, cumpliéndole además cualquier capricho que quisiera realizar. Así, no importó que López Obrador no quisiera quedarse en casa, el subsecretario recurrió a decir que el presidente tenía fuerza moral y no una que pudiera contagiar. No importó que el presidente viera como debilidad el cubrebocas utilizar, el subsecretario lo dejó de recomendar. No importó que el deseo del presidente fuera no ver cifras altas para que la oposición no lo pudiera criticar, se dijo que las pruebas no eran necesarias para los datos ocultar. No importó que el presidente quisiera salir de gira por Quintana Roo, Campeche y Yucatán, se declaró el inicio de la “nueva normalidad”, a partir de la cual se han registrado más de 50 mil muertes, incrementando de manera exponencial la mortandad.
Es de esta manera como se explica que México no alcanzara los picos pronosticados, los contagios previstos o el lamentable número esperado de fallecidos. Por el contrario, el pico nunca llegó y en cordillera se convirtió, las 6,000 muertes pronosticadas se multiplicaron por diez elevándose a 60,000 y el aseguramiento de que esto terminaría a mediados de abril, tiene a los mexicanos, cuatro meses después, aún sin poder ver el fin.
Pero la culpa no ha sido de a quien llamaron el “rockstar de la 4T”, Hugo López-Gatell, sino de quien está detrás de él. Porque no es el protagonista el responsable del desenvolvimiento de la historia, sino el guionista, ese titiritero en el que se ha convertido López Obrador dictándole que hacer, que decir y hasta donde mentir. Hoy por hoy, el presidente descarta cambiar de estrategia para frenar la pandemia, pues dice que el país no se ha visto tan golpeado. Él, como siempre, posee otros datos.




