Dos años se han cumplido desde aquella elección en la que resultó ganador. Dos años han transcurrido de promesas de campaña que no se ven materializadas aún. Dos años han pasado y el desgaste en su aprobación aleja la aspiración de una posible transformación. Y es que López Obrador ha tenido más errores que aciertos, más informes que logros y más excusas que mañaneras. Por ello, la crítica constante, el señalamiento permanente, la exigencia cotidiana, la denuncia ciudadana. Mexicanos que ven cómo la corrupción aumentó, la inseguridad creció, la economía se desplomó, el desempleo se incrementó, la inversión extranjera se esfumó, la transparencia disminuyó y la democracia retrocedió.

Sin embargo, todo ese reclamo y descontento Andrés Manuel lo entiende como ataque desleal, como insulto o descalificación personal, como obstáculo a un cambio político real e incluso como deporte nacional; los descalifica,a quienes los originan o propician, como enemigos acérrimos, corruptos que no quieren dejar de serlo o simplemente personas que gozaban de privilegios. Para él, aquellos que lo hacen son bots automatizados y no ciudadanos cansados, pueblo malo que recibe un pago por atacarlo y no ciudadanos desesperanzados, empresarios lucrativos, como los ha llamado, que amenaza con cobrarles una cuota por atreverse a insultarlo.

Así, el presidente se erige víctima siendo el victimario, el acusador cuando es el acusado, el bulleado a pesar de ser el bulleador. Lanzando calumnias que manchan y tiznan al opositor, arrojando piedras y escondiendo la mano sin pedir perdón e inventando noticias falsas cada mañana antes de recurrir a la verificación. Por eso, aunque diga que nunca en más de un siglo se había insultado tanto a un presidente como a él, no debe de olvidar la descalificación cotidiana que realiza desde el púlpito presidencial con adjetivos que dividen a la sociedad y que dejan mucho que desear de la investidura que ha dicho cuidará. Achichincle, alcahuete, aprendiz de carterista, arrogante, blanquito, camaján, canallín, chachalaca, chayotero, cínico, corrupto, desvergonzado, espurio, faraón acomplejado, farsante, fichita, fifí, fracaso, fresa, gacetillero, hablantín, hampón, hipócrita, ingrato, ladrón, lambiscón, machuchón, mafiosillo, maiceado, majadero, malandrín, maleante, mañoso, matraquero, mezquino, momias, monarca de moronga azul, mugre, payaso de las cachetadas, pelele, piltrafa, pirrurris, politiquero, ponzoñoso, ratero, reaccionario de abolengo, reverendo ladrón, riquín, rufián, señoritingo, sepulcro blanqueado, simulador, siniestro, tapadera, ternurita, títere, traficante de influencias, vulgar, vendido, zopilote y la lista de (des)calificativos puede continuar.

Por ello, la pregunta al final es: ¿quién es quien ha insultado más?, ¿si son los mexicanos quienes se han lanzado a insultarlo o si es el presidente el que contra ellos ha vociferado?. Porque como bien lo dijo Andrés: “El derecho al respeto ajeno, es la paz”. Una disculpa, Benito.