EL JUICIO DE DIOS Y EL BAUTISMO DE SANGRE

La vida con sus encantos mundanos es una trampa; no deja prepararse para el juicio (fuego) ni acceder a las promesas divinas.

En tu vida. Los hombres viven enajenados, perdidos en negocios mundanos, quieren construir aquí el paraíso.

Olvidan que eso es vano intento, que los bienes terrenos son limitados y en este mundo estamos de paso.

Dios habla. El Proyecto Secreto de Dios ilumina la historia del mundo y la vida de cada uno.

No vinimos a este mundo para gozar, no tener problemas y encontrar el paraíso. Este mundo es un campo de batalla contra el pecado para alcanzar los bienes verdaderos y llegar a la presencia de Dios, en la gloria del cielo. Debemos tener siempre presente que las riquezas mundanas son traicioneras, bienes perecederos y no llenan los deseos del corazón.

Tengamos siempre presente la meta de nuestra vida. Al final encontraremos a Dios, Juez supremo. El juzga al mundo por el fuego, según las imágenes del lenguaje apocalíptico.

Después del sacrificio de la vida, el bautismo de sangre encontraremos la vida, alcanzaremos las grandes promesas del Dios de salvación. Debemos estar dispuestos a despojarnos de todo, hasta de la vida corporal que avanza a la muerte.

Cristo, cabeza del Cuerpo de la Iglesia, “en vista del gozo que se le proponía aceptó la cruz sin temer su  ignominia”, afirma la Carta a los Hebreos. Se inmoló por nosotros, recibió el bautismo de sangre.

Es la historia de la criatura humana que entra en el proyecto de Dios, del verdadero creyente que renuncio a sus ventajas mundanas y entra en el trabajo de Dios salvando con Cristo a sus hermanos.

Las riquezas y placeres, todos los bienes del mundo no llenan el corazón, no dan la felicidad definitiva, son aparentes y quitan el tiempo. Los bienes verdaderos están con Dios, en un más allá de la vida.

Vivimos en la religión de las promesas que hace Dios a quienes tienen fe, las promesas de los bienes soñados, es la plenitud del amor y la alegría, el paraíso perdido.

En este mundo vamos a pasar por el Juicio de Dios, el juicio del fuego hacia la vida verdadera, al país de la vida y de las promesas cumplidas. El mundo es un paso austero, doloroso, breve. Los negocios no valen la pena.

El hombre inmerso en el mundo, encandilado por los goces presentes, instintivos del cuerpo necesita convertirse, dar la espalda a esta realidad y ponerse en la ruta de Dios.

 Debemos dejar de poner toda nuestra confianza en los bienes pasajeros, no cumplen su promesa de dar la plenitud de la vida, llevan el virus del mal y de la muerte.

          Vivimos en un mundo donde falta una mirada trascendente que rompa las redes de lo material y engañoso. Debemos curarnos de la miopía, de las prisiones para mirar el horizonte inconmensurable de Dios.

Somos el pueblo de la Esperanza, de las promesas: “Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman… Infunde en nuestros corazones el anhelo de amarte para que… Consigamos tus promesas que superan todo deseo”.

Vive intensamente. Necesitas la conversión: encontrar a Cristo para vencer las seducciones del mundo y alcanzar las promesas de los bienes verdaderos.

Cristo está aquí. Cristo viene a ti, el que recibió el bautismo de sangre por salvarte. Comes su cuerpo y bebes su sangre.