Libros de ayer y hoy
Desde 1983, me integré a la Coordinación del Programa Productivo para la Mujer Campesina, fui nombrado por la titular y la Directora de la Dirección del Programa Productivo para la Mujer Campesina, instrumentos de política de género y los primeros en su tipo tanto en sus marcos normativos, estructuras operativas y diseño de política pública en el País; fueron sus titulares la señora Celeste Batel de Cárdenas y Clara Ochoa de Aguirre quien tomaron la decisión de nombrarme Jefe del Departamento de Organización y Capacitación de Mujeres Campesinas; una alta responsabilidad por la importancia de hacerme cargo de esas líneas estratégicas de organización y capacitación de mujeres que me permitió viajar por la geografía michoacana y conocer los entretelones del poder de lo masculino y la invisibilidad de las mujeres.
Desde aquellos años y mientras funcionó el diseño de la política pública, trabaje en la formación de estructuras de organización social para el trabajo de mujeres, aun no entendía de la interseccionalidad, pero me quedaba claro que debía hablar de mujeres y no mujer, en donde aprendí en la práctica la existencia de un sistema Patriarcal, pero también un modelo machista y misógino, la violencia, los mecanismos de opresión, el mercado y un sinnúmero de procesos que violentaban a las mujeres en el sistema capitalista, tanto en los mercados de productos, de dinero y de trabajo, que por cierto mi tesis de maestría fue justamente sobre estos asuntos en la UAIM de Nocupétaro.
Entendí las lógicas de trabajo de las mujeres, las múltiples jornadas de trabajo, su posición frente al poder y la violencia que sometía sus dinámicas. Comprendí sus desvelos, sus actividades de cuidado por los otros y el dejar a su cuerpo al último; observe sus prácticas domésticas, su trabajo, sus procesos colonizantes, pero también observe la calidad de sus productos y servicios, entre ellos, los artesanales, bordados sobre tela, en algodón, en lana, tergal, en lienzos de lino, confecciones y un sin número de ellos.
Extraordinarias las mujeres bordadoras, en sus diseños y arte de rococó, punto de cruz, punto de hilván, con aguja, en diferentes colores, y otras expresiones que daban vida a las mesas, a los espacios que reconocen las carpetas, en mascadas, en chales, chalinas, pañoletas, bordados para vestidos de novia, para eventos especiales, en fin.
Hace unos meses, estuve en Huaniqueo, fui a visitar a la familia Chávez Flores, mi gente, a la que respeto, admiro y quiero; Doña Esperanza, mujer entregada a su familia, a Don Jesús su esposo, sus hijos e hijas, nitos y nietas; siempre con una voz dulce, pero en carácter; formadora de formadores y buenos hijos, no colonizantes, generosos, amorosos con sus parejas, con sus hijos.
Tuve la oportunidad de coexistir con la familia en un evento social y en este espacio de convivencia me pidió Doña Esperanza que aceptara dos lienzos bordados, ambos por demás hermosos, detallados, de una finura y elegancia que se asemeja a la filigrana. Uno de los lienzos bordados tenía como eje estético central un frutero, donde destacaban los colores vivos del naranja, el amarillo, rojo y verde, en tanto que el otro lienzo, es una hermosa flor de nochebuena, la cual es cuidada por dos velas encendidas con mucha luz, donde los colores se apropian de la navidad: verde y rojo y amarillo que da luz.
Los dos lienzos, constituyen en sí mismo, la sabiduría de muchos años de bordar a mano y de tener detalles pulcros al momento de diseñar, ensamblar colores y preparar los lienzos para convertirlos en verdaderas obras de arte. La sabiduría de las mujeres de Huaniqueo en los bordados, como en los asuntos culinarios, y otros conocimientos, han sido heredados generacionalmente; en el caso de Doña Esperanza, ella los adquirió de Doña Yoya, su señora madre, a quien tuve el gusto de conocer y convivir, tal vez haya sido la mejor bordadora de la región y preparadora de chocolate, los manteles bordados a gancho aún se pueden apreciar por debajo de los cristales en las mesas del comedor, o bien, cubiertos por hules color cristal, que permiten ver la paciencia, la generosidad, la experiencia que se vuelve sabiduría, la armonía, y la perfección que da el repetir un acto miles de veces.
Los bordados constituyen, los usos y costumbres de la región; el amor a la llegada del verano y los diferentes frutos que da la región, así como las fiestas decembrinas en las que asisten cientos de personas que regresan a ver a sus familias porque son migrantes que tuvieron que ir a otro país porque el suyo no les dio las oportunidades. Es decir, el fondo estético de los bordados esta dado en sus significantes simbólicos que nos anuncian que aun en dos espacios diferentes, la unidad, la complementariedad está ahí para seguir reconociéndonos con nuestra identidad de mexicanos, de michoacanos, de huniquenses.
Comparto esta parte de las historias de las bordadoras, y en especial de Doña Esperanza, porque creo que siguen sin hacerse justicia a este fino trabajo que realizan en sus tiempos libres, de este trabajo que es creativo y artístico, de un trabajo que permite atender el ocio, de un trabajo que las hace no solo sabias después de muchos años de vida, sino de un trabajo que es artístico, que genera emociones frente al que lo ve, que da pasión por la vida por sus colores y que nos permite compartir que el centro de todo el mundo sigue siendo la vida, sigue siendo lo otro que humano o no humano como las plantas y los animales debe ser respetado. Pero también debo de reconocer que estas obras de arte son puestas en el mercado para su venta y que en ocasiones la mezquindad de las personas no paga el precio justo de un trabajo artístico. Felicito a Doña Esperanza y a Don Jesús, familias de valores sólidos y que generan una posibilidad de reconocer que esta vida si se puede, aun en el entramado del hedonismo, el narcisismo, la búsqueda del éxito, del lujo, y de los valores líquidos.




