Se avecina un evento internacional en la ciudad y para quedar bien con los extranjeros lo primero que solicitan es un ‘bailable’, o invitan a un grupito de esos que canta ‘tarasco’ para que entretenga un rato. Unas cocineras. Lo hacen en un recinto cultural de gobierno. Una barra enorme con harto chupe y un dj pa’ que cierre. La fe de los ratas, es decir, lo correcto sería solicitar un colectivo de danza o ballet folklórico, un grupo de música tradicional del pueblo indígena Purépecha y la contratación de las cocineras tradicionales de Michoacán, haciendo mención durante el evento de los créditos correspondientes de los participantes.

En algún momento escuché a la presidenta de una asociación civil decir que “la cultura no se cobra”. Me imagino que los funcionarios culturales de los tres órdenes de gobierno confundieron la consigna de esta activista de apellido Pintor al regatear las maniestaciones artísticas, producciones, actuaciones, convenios y cuanto proyecto exitoso de creadores llega a las manos de estos infames servidores públicos. Y no estoy hablando del raquítico presupuesto asignado para este año en materia cultural por la Cámara de Diputados, con su respectivo recorte. Tampoco me refiero a las deudas contraídas por diferentes administraciones estatales en Michoacán con artistas y creadores, mucho menos a la actual adminitración municipal que ha pasado de noche y sin sorprender a una sociedad multicultural como Morelia.

Me refiero al regateo artístico, a solicitar la cultura a crédito, a conformarnos con unas pinceladas de arte. Es necesario que sepan nuestros funcionarios que los escritores, músicos, bailarines, titiriteros, actores, poetas, cuentacuentos, escultores, fotógrafos, cantantes, también comen, también tienen familia qué mantener. Necesitan invertir para adquirir sus herramientas de trabajo o simplemete darles mantenimiento. Entonces, ¿cómo se atreven a solicitar sus servicios y decir que el pago saldrá después? ¿O es que tampoco en sus eventos le pagaron a los proveedores de vino, de mobiliario, a la casa productora de Guadalajara, al carpintero, al electricista, al ingeniero de audio, a los meseros?

Recuerden lo que dijo atinadamente el finado Tovar y de Teresa: “en un mundo en el que todo puede desaparecer con el tiempo, lo único que permanece es la cultura”. Dentro de las políticas culturales, el principal objetivo de nuestros legisladores y funcionarios culturales debiera ser que las manifestaciones del arte y cultura, la educación artística, el patrimonio cultural, las expresiones de la cultura popular y las industrias culturales, sean una opción de vida e identidad y no sólo un modo de esparcimiento. Se trata que el papel del Estado en materia cultural se enfoque a garantizar el ejercicio de los derechos fundamentales para hacer de la cultura un elemento de ciudadanía que favorezca la cohesión y la inclusión social, pero tristemente no todos lo vemos desde este enfoque. Estamos estancados en los ‘eventitis’ de media monta y no en potencializar la calidad que ya tenemos de nuestros artistas y creadores, y ya no hablemos de dignificarlos porque eso va en otra opinión.

Solo nos queda encomendarnos a Santa Cecilia y acercarnos a las organizaciones no gubernamentales que sí les interesa tener seres humanos más creativos y sensibles, y que velan por los derechos culturalmente fundamentales. Entendamos una cosa queridos legisladores: si atacan la cultura con deducciones y recortes, atacan una identidad que aporta el 2.7 por ciento del producto interno bruto (PIB). Manos a la obra, no en las armas.

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