La opción
Hoy la tierra volvió a hablar. Tembló. Y no solo lo viví, sino que lo transmití casi en tiempo real, con mi amigo Ricardo Castillo. No fue espectáculo. Fue estar ahí, consciente, como he estado tantas veces antes.
Con serenidad, sí, pero siempre con respeto. Porque a la tierra se le respeta. No es la primera vez que lo digo y hoy lo reitero: nací en Tapachula, tierra de sismos. Crecí sabiendo que el suelo puede moverse sin aviso, que el estruendo viene de abajo y que no siempre hay tiempo para el miedo.
He vivido incluso erupciones volcánicas. La fuerza de la naturaleza ha sido parte de mi vida. No me atemoriza, pero jamás la minimizo. Pero hay un punto de quiebre: 1985.
Viví los sismos del 19 y 20 de septiembre en la Ciudad de México. No solo como ciudadano. Los viví como periodista. Ya trabajaba en el periódico unomásuno. Los reporteé. Fui parte de una edición extra que puso palabras e imágenes al caos y al dolor.
Fue atestiguar cómo la sociedad civil se levantó antes que cualquier estructura. Viví también el de 2017, cuando septiembre volvió a doler y la historia pareció repetirse. Y otros tantos en Tapachula, en Ixtapa, en CDMX, en distintos puntos del país. Así he entendido que la calma no es indiferencia, es aprendizaje.
He dicho antes —y lo sostengo— que solo Dios sabe de qué moriré. Pero con todo lo vivido, con todo lo visto, con todo lo cubierto, creo que no será por un sismo. Desde Acapulco, con respeto y serenidad, dejo estas palabras, la verdad, ya muy relajado e inspirado por el mezcal, el sol y la zambullida marina. Amo Acapulco.




