Miscelánea, salud y política
El sábado 17 de octubre se conmemoraron 73 años desde que las mujeres de México conquistaron el derecho a votar en elecciones federales. Una fecha que merece celebración, sí, pero que exige también una pausa honesta para mirar no solo lo que se ha logrado, sino lo que todavía falta por construir.
Aquella conquista no fue un regalo del sistema político. Fue el fruto de décadas de organización, resistencia y perseverancia de mujeres que desafiaron lo que "se esperaba" de ellas, que cuestionaron su invisibilidad y que exigieron ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos. Su lucha abrió una puerta que durante siglos estuvo cerrada con candado. Pero abrirla fue solo el primer paso.
Hoy contamos con la paridad de género como principio constitucional. Hay mujeres en todos los niveles de gobierno, en congresos, en alcaldías y en la presidencia de la República. Sin embargo, la presencia numérica no equivale, por sí sola, al ejercicio efectivo del poder. Muchas mujeres llegan a los cargos y se encuentran con un camino lleno de obstáculos: violencia política en razón de género, campañas de desprestigio que se centran más en su apariencia que en sus propuestas, señalamientos que escarban en su vida privada mientras se ignoran sus capacidades y resultados.
A estas barreras visibles se suman otras menos perceptibles pero profundas: la carga desigual de los cuidados del hogar y la familia que recae principalmente sobre ellas; el acceso desigual a recursos económicos y redes de apoyo político; y una cultura que todavía, de forma sutil, cuestiona si una mujer "tiene la autoridad suficiente" para dirigir.
Tampoco podemos hablar de una sola experiencia. La vida política es muy distinta para una mujer urbana con recursos que para una mujer indígena en una comunidad rural, para quien tiene una discapacidad o para quienes enfrentan condiciones de pobreza. Si nuestra democracia deja atrás a algunas de nosotras, no está cumpliendo su promesa de igualdad.
La verdadera pregunta, entonces, no es cuántas mujeres ocupan cargos públicos, sino qué condiciones encuentran cuando llegan y qué pueden hacer desde ahí sin verse limitadas por su género. No basta con que las puertas estén abiertas, si al entrar las reglas del juego siguen diseñadas para excluirlas o dificultar su paso.
El reto de nuestro tiempo es construir una democracia donde no se nos pida a las mujeres demostrar constantemente que merecemos estar donde estamos. Donde se nos juzgue por nuestro trabajo, no por prejuicios. Donde podamos participar, decidir y liderar sin miedo, sin violencia y sin renunciar a nosotras mismas.
La lucha de las sufragistas no terminó aquel día en que se reconoció su voto. Continúa cada vez que una mujer ocupa un espacio y se le cuestiona por ser mujer. Cada vez que una decide postularse y recibe amenazas. Cada vez que sus propuestas se silencian o se minimizan.
Mientras haya una sola mujer que no pueda participar en la vida pública en igualdad de condiciones, aquella gran conquista de hace 73 años seguirá siendo una obra en construcción. Y es responsabilidad de todas y todos terminarla.




