Fustran secuestros virtules en Uruapan y Huetamo
MORELIA, Mich., 14 de octubre de 2026.- Eran pasadas las ocho de la mañana del lunes 14 de octubre de 2019 cuando comenzaron a circular los audios en grupos de WhatsApp que erizaban la piel. Entre las detonaciones y el desconcierto, una voz masculina repetía dos palabras: “K9, K9”. Un llamado desesperado de auxilio.
Era la voz de un policía que pedía apoyo. Hablaba desde el miedo, con la urgencia de quien tenía frente a sus ojos los cuerpos de sus compañeros, mientras otros efectivos intentaban repeler la agresión y encontrar una salida entre las ráfagas de disparos.
En El Aguaje, cuna de carteles, la jornada había comenzado con una emboscada contra elementos de la entonces Policía Michoacán. Los agentes habían sido comisionados para cumplir un mandamiento judicial y trasladar a dos víctimas de la violencia criminal a la cabecera municipal.
No llegaron a su destino.
En el camino los esperaba un grupo armado. De acuerdo con los primeros reportes, más de 30 presuntos integrantes del crimen organizado participaron en el ataque, atribuido entonces a una célula del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), bajo el mando de Miguel Fernández, alias El M2.
La superioridad del fuego convirtió el trayecto en una zona de muerte. Los policías quedaron expuestos a armas de grueso calibre, mientras quienes sobrevivieron intentaban contener la agresión. Los audios que comenzaron a circular esa mañana dieron cuenta de la desesperación de los efectivos que solicitaban ayuda.
Al día siguiente, el entonces fiscal general del estado, Adrián López Solís, confirmó la dimensión de la masacre: 13 policías muertos, nueve heridos y 20 ilesos.
El funcionario informó que los agresores habían utilizado armamento de alto poder. Entre los indicios balísticos identificados, mencionó casquillos calibre .50, .223 y 7.62 milímetros, municiones asociadas, respectivamente, con armas como el fusil Barrett y los llamados cuernos de chivo.
La cifra de víctimas y el tipo de armamento empleado mostraban la capacidad de fuego desplegada contra los agentes. No se trataba de un enfrentamiento entre fuerzas con recursos equivalentes: los policías habían sido sorprendidos por un grupo numeroso, con fusiles y equipo táctico, en un territorio donde las disputas entre organizaciones criminales habían convertido los caminos en espacios de riesgo permanente.

La emboscada no terminó con los disparos. Los responsables incendiaron algunos vehículos y dejaron cartulinas sobre los parabrisas de las patrullas. El mensaje tenía la forma de una advertencia dirigida a los cuerpos de seguridad y, al mismo tiempo, de una reivindicación criminal.
“A todos los policías michoacanos lacras que apoyen a Los Templarios, Viagras, Troyanos y Chocomiles de Tepeque...”, decía una de las cartulinas abandonadas en el lugar.
El señalamiento exhibía el lenguaje de las disputas territoriales que atravesaban la región. En ese momento, Aguililla y sus comunidades se encontraban en medio de una confrontación entre grupos criminales que buscaban controlar rutas, localidades y zonas estratégicas de Tierra Caliente.
La tierra de cárteles, orgullo de El Mencho y Los Cuini, quedó devastada por la guerra. Casi despoblado.
El Aguaje era parte de ese territorio en disputa. Las huellas de la violencia no se limitaban a los caminos ni a las patrullas perforadas por las balas. En la avenida principal, las fachadas de viviendas, los establecimientos y los letreros conservaban impactos de proyectil.
El famoso letrero en inglés “Welcome El Aguaje” está perforado.
La violencia había alcanzado los espacios de la vida cotidiana. Las paredes, los negocios y las tumbas funcionaban como testigos mudos de una confrontación que llevaba años instalada en la región.
La masacre ocurrió cuatro años después de otro episodio que marcó la violencia criminal en Michoacán: el enfrentamiento de 2015 en Tanhuato, que dejó 43 muertos y abrió cuestionamientos sobre la actuación de las fuerzas de seguridad. Para octubre de 2019, la capacidad de fuego de los grupos criminales y su disposición para atacar a las corporaciones policiales volvían a colocar a la entidad ante una crisis de seguridad.

Tras la emboscada, y como en otras ocasiones anteriores y posteriores, la Secretaría de la Defensa Nacional desplegó elementos militares en Apatzingán y Aguililla. La presencia castrense reforzó temporalmente la vigilancia en una región donde las autoridades enfrentaban dificultades para contener las agresiones.
La movilización fue la respuesta inmediata. La investigación y la identificación de los responsables quedaron como tareas posteriores.
Por el ataque fue detenido un hombre, aunque no se trató de El M2, señalado entonces como uno de los mandos de la célula criminal que habría participado en la emboscada. De acuerdo con fuentes allegadas a las investigaciones, Fernández murió el 7 de febrero de 2022, poco más de dos años después de la agresión contra los policías.
La detención de un presunto implicado y la posterior muerte del hombre señalado como uno de los mandos no borraron las imágenes de aquella mañana ni la dimensión de la pérdida para las familias de los 13 agentes asesinados.

En Michoacán gobernaba Silvano Aureoles Conejo y la Secretaría de Seguridad Pública estaba a cargo de Israel Patrón Reyes. Los cuerpos de los policías fueron despedidos en medio de una sucesión de actos oficiales y muestras de reconocimiento institucional.
Las ceremonias reunieron a funcionarios, mandos policiales y familiares. La escena contrastaba con la del camino de El Aguaje: allí, entre patrullas baleadas, vehículos incendiados y cartulinas, los agentes habían quedado a merced de una fuerza armada superior; después, sus cuerpos ocuparon el centro de los homenajes públicos.
La noticia de aquel lunes no fue solamente el saldo de una operación criminal. También fue el registro de una misión oficial que terminó en una emboscada, de policías que intentaron responder mientras pedían auxilio y de una comunidad marcada por los impactos de bala.
Años después, el 14 de octubre permanece como una fecha ligada a uno de los ataques más mortíferos contra una corporación policial en Michoacán. Los audios de aquella mañana conservaron la urgencia de una voz que repetía “K9, K9”, mientras en El Aguaje se consumaba una de las jornadas más violentas de la historia reciente de la entidad.




