MORELIA, Mich., 3 de agosto de 2021.- El despertar de la conciencia se podría definir como un clic, un punto de quiebre, un momento crítico en nuestras vidas que se da cuando, pese a que lo tenemos todo en bienes materiales, estudios, familia, etcétera, no nos sentimos bien, no estamos felices.

Se da cuando comenzamos a cuestionar nuestro sentir, cuando por alguna razón, sea la que sea, estamos sumidos en el sufrimiento, en situaciones dolorosas.

El despertar de la conciencia se da cuando nos hemos convertido en un pozo sin fondo en el que metemos dinero, personas, viajes, bienes materiales, libros, ropa, fiestas y no logramos llenar ese vacío; cuando estamos en un momento de la vida en el que nada tiene sentido, en el que no encontramos un por qué o un para qué continuar.

Comenzamos a ver que no son importantes los años vividos, sino cómo y para qué los hemos vivido.

Así… después de estar en un conflicto con uno mismo, con la vida, con los demás y con todo el entorno, lo cual puede suceder por años, meses o días. 

Realmente el tiempo no importa, los tiempos son diferentes para cada uno en su particular proceso.

Tarde o temprano (pero no siempre) decidimos mirarnos al espejo para luego buscar entrar en ese espacio desconocido, en nuestro interior, y así comenzar nuestra transformación.

Entramos en un proceso con diferentes pasos, diferentes experiencias, dificultades, lo cual depende mucho de cada persona, pero en sí, todos vivimos algo muy parecido experimentando distintas situaciones.

Iniciar el proceso

Teniendo como aliada nuestra determinación, comenzamos a cambiar el foco de nuestra atención, de afuera hacia adentro, a darnos cuenta de que ese vacío no tiene que ver con el exterior, con lo que tenemos o hemos logrado en nuestra vida…

Entramos en el proceso porque intuimos que tiene que ver con lo que somos.

Al ser suficientemente honestos y comprender que no necesitamos seguir sintiéndonos mal, sufriendo más, poco a poco podemos abrir nuestra mente y corazón o nuevas formas de comprender la vida y lo que vivimos. Con humildad nos sumergimos a buscar nuevas maneras de liberarnos de ese malestar.

La necesidad de cambio se convierte en nuestra prioridad de vida y de esa necesidad surge el coraje para meternos en el territorio lleno de incertidumbre, desconocido en casi su totalidad.

En esencia, el despertar de la conciencia consiste en darnos cuenta que no podemos seguir viviendo de la manera en que lo hemos venido haciendo hasta ese momento.

Nos damos cuenta que podemos ejercer el derecho a la libertad que poseemos para cuestionar nuestro sentir, nuestro proceder, nuestras creencias, herencias y así tomar nuevas decisiones que nos llevarán al cambio.

Cambio que nos incomodará seguramente y también incomodará a nuestro entorno, sin embargo, enfrentarlo es parte del proceso y la finalidad siempre será la paz y el bienestar interno.

Así vivimos pasos como aceptación, rendición, comprensión, perdón, soltamos nuestras máscaras y posturas de víctima, asumimos la responsabilidad de nuestras vidas por completo.

Decidimos adentrarnos en esa zona de riesgo, con el miedo a lo que podemos ver ahí dentro de nosotros y convertirnos en el verdadero protagonista de nuestra película de vida. Para ello, es necesario entrenar nuestra confianza y valentía.

En la medida que dejamos de estar cegados por el miedo, comenzamos a ver con claridad el camino a transitar para dejar de sufrir y emprender un nuevo rumbo que será fluido en algunas ocasiones, fácil en otras, complicado también, a veces muy difícil y doloroso, pero siempre sentiremos la satisfacción de haber decidido transitarlo.